domingo, 9 de noviembre de 2008

- Aunque el final de la era de Bush es en sí misma una buena noticia, sobran las razones para huir de la ilusión desbocada -

DEJARSE LA PIEL

Público
"Aunque el final de la era de Bush es en sí misma una buena noticia, sobran las razones para huir de la ilusión desbocada, tanto más cuanto que Barack Obama es hoy -bien se han percatado de ello muchos votantes- una opción que para nada inquieta al capitalismo norteamericano."
Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política

Sabemos, desde La cabaña del Tío Tom hasta Condoleezza Rice, que el hecho de tener la piel oscura no convierte a nadie en obligatoriamente rebelde. Se puede ser de tez bruna y contribuir al mantenimiento de un sistema de poder controlado por caucásicos. Del mismo modo que se puede ser mujer y apuntalar con el mayor entusiasmo el machismo más rancio: el ejemplo de Margaret Thatcher es de sobra ilustrativo. El hecho de que Barack Obama sea mestizo –porque es mestizo; no negro– no demuestra que a las minorías étnicas en EEUU les vaya a ir mucho mejor con él. Sencillamente: ya veremos.

También resulta exagerado que se presente como gran novedad histórica que el padre de Obama fuera inmigrante. En los EEUU, casi toda la población procede de la inmigración, quitando los escasos amerindios a los que los herederos del Mayflower no acabaron de exterminar ateniéndose a la consigna del general Sheridan: “El mejor indio es el indio muerto”. ¿Inmigrantes o descendientes de inmigrantes? El 99% lo fueron o lo son, empezando por el propio George Washington, cuyo abuelo era inglés. Con frecuencia, los políticos estadounidenses no son descendientes de inmigrantes, sino inmigrantes ellos mismos. El gobernador Arnold Schwarzenegger fue austríaco hasta que se nacionalizó estadounidense. Heinz Kissinger (alias Henry) nació en Fürth, Alemania. Inmigrantes, como tantos otros.

No intento que se presuponga nada malo sobre Barack Obama. Tan sólo que no se presuponga nada bueno apelando a circunstancias meramente superficiales. Lo que vaya a ser, mejor o peor, tendrá que ganárselo a pulso por sí mismo.

A ver si realmente se deja la piel en ello.

¿Un nuevo Tío Tom?

Por Atilio A. Boron

En vísperas de las elecciones estadounidenses, Noam Chomsky dijo que Barack Obama “era un blanco que había tomado demasiado sol”. Ese comentario fue repudiado por la intelectualidad “progre y bienpensante” del mundo entero pero, en vista de la formación ideológica y los intereses defendidos por las personas recientemente consultadas para elaborar una estrategia de salida de la crisis, la advertencia del gran lingüista del MIT parece plenamente justificada. En efecto: solicitar la opinión de Paul Volcker, ex chairman de la Reserva Federal en los años de Reagan; de Warren Buffett, un megaespeculador del casino financiero mundial; o de Lawrence Summers, ex funcionario del Banco Mundial y secretario del Tesoro de Clinton, al igual que Robert Rubin; a Jamie Dimon, actual presidente del Banco de Inversión J. P. Morgan, y Timothy Geithner, ex gerente del FMI y actual presidente del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, no parece ser el camino más apropiado para quien hizo su campaña predicando incansablemente que representaba el cambio y que iba a garantizar el cambio que la sociedad norteamericana reclamaba con creciente insistencia. Todos estos personajes integran el núcleo fundamental del capital financiero y son responsables directos del estallido de la crisis que hoy agobia a la economía mundial y que –no es un dato menor– ha servido para concentrar aún más el poder que detentaban los más agresivos conglomerados del capital especulativo a escala mundial.

Obama recibió un mandato que le exige escuchar otras voces y guiarse por otros intereses, y está desoyendo ese mensaje. En lugar de reunirse con los agentes de Wall Street tendría que haber convocado a los principales líderes de los movimientos sociales que lo catapultaron a la Casa Blanca; a los organizadores sindicales, perseguidos sin pausa desde hace años, incluso en los años de Clinton; a los economistas heterodoxos, como Paul Krugman, John K. Galbraith hijo o Robert Solow, sin ir más lejos, que ya expresan su preocupación ante el retorno de los talibanes de mercado que originaron la actual tragedia. Su búsqueda de un “acuerdo bipartidario” para enfrentar la crisis y su opción por dialogar con los autores del desastre equivale a pedirle al zorro que cuide el gallinero. Obama tiene poco tiempo, muy poco, para definir lo que será su gobierno. Lo peor que podría ocurrir es que “el negro” de la Casa Blanca –tan celebrado por un periodismo poco cuidadoso como el iniciador de una nueva época histórica– termine siendo lo que en los Estados Unidos despectivamente se conoce como un “Tío Tom”: un negro desclasado que traiciona a los suyos y que se pone al servicio de sus amos. Todavía es prematuro llegar a esta conclusión, pero conviene repensar lo que dijo Chomsky y tratar de evitar tan lamentable frustración.

Esperando enero


Püblico

No es difícil entender por qué son tantas las reflexiones que celebran con alegría el triunfo electoral de Barack Obama: la simple certificación de que pone fin a unos años singularmente aciagos, los protagonizados por George Bush hijo, es más que suficiente explicación al respecto.

Se impone ahora, sin embargo, una tarea delicada: evaluar por dónde saldrá Obama cuando, el 20 de enero, se convierta en presidente de Estados Unidos.

La cuestión, si así se quiere, tiene dos caras:

  1. mientras la primera nos obliga a interrogarnos por el programa que el recién elegido se propone desplegar,
  2. la segunda se pregunta, acaso anticipando lo peor, por el margen de tolerancia que exhibirán, de necesitarlo, lo que antes llamábamos poderes fácticos.

Dejo a merced del lector la consideración de esto último y, para moverme sobre seguro, me limito a glosar, con las cautelas que procedan, la propuesta programática de Obama.

Hace un año, cuando el objetivo era marcar distancias con Hillary Clinton, el ahora elegido presidente asumió un tono radical que hizo que, por primera vez en muchísimo tiempo, se generase la ilusión de que algo cambiaba, de verdad, en Estados Unidos.

Después, y una vez el camino empezó a allanarse, la oferta de Obama empezó a exhibir centrismo por todas partes, algo al poco refrendado por la conservadora elección de Joe Biden como vicepresidente.

Piénsese, si no, en un prescindible programa económico que preconiza reducciones fiscales para los ciudadanos norteamericanos que ganen menos de 250.000 dólares anuales...; difícil resulta interpretar ese programa como una esperanza seria para los indigentes de siempre. Recuérdese el inequívoco apoyo de Obama a la operación de rescate que ha tenido por beneficiario a un puñado de instituciones financieras y que podría permitir que estas últimas, más pronto que tarde, vuelvan a las andadas.

Subráyese el firme respaldo que el entonces candidato dispensó a la seguridad de Israel, en abierta despreocupación por la de los vecinos de éste. Léase como corresponde su coqueteo con un eventual aplazamiento de la retirada de Irak, acompañada, por si poco fuere, de un compensador redespliegue de soldados en Afganistán.

Certifíquese que Obama desea reducir la dependencia energética que su país arrastra, pero en modo alguno está dispuesto a revisar los privilegios de la industria del automóvil ni a reclamar reducciones en el consumo.

Y tómese nota, en fin, de cómo en el debate sobre política exterior celebrado en septiembre por los candidatos demócrata y republicano la pobreza y el hambre en el mundo no se asomaron ni por casualidad.

Aunque el final de la era de Bush es en sí misma una buena noticia, sobran las razones para huir de la ilusión desbocada, tanto más cuanto que Barack Obama es hoy -bien se han percatado de ello muchos votantes- una opción que para nada inquieta al capitalismo norteamericano.

Hace unos meses se publicó en Estados Unidos un libro de título llamativo: The Age of Reagan: A History, 1974-2008. Su autor, Sean Wilentz, no tiene al parecer problema mayor en situar bajo el manto protector de Reagan las presidencias de los demócratas Carter y Clinton.

Bueno será que cuando, luego de otros tres decenios, los historiadores se lancen a la tarea de contarnos lo que hoy aparentemente empieza, Barack Obama haya inaugurado, sin margen para la duda, una época nueva. No lo demos, sin embargo, por descontado.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política

Importancias

Por Juan Gelman

Por primera vez en la historia de EE.UU., un presidente negro ocupará la Casa Blanca. Mulato, más bien, o exactamente, afroamericano. Es obvio subrayar el valor simbólico y la importancia cultural del fenómeno, que tantas esperanzas ha levantado en todo el mundo, o casi. Era un resultado que los propios republicanos habían previsto. Como señaló el senador John Ensign, figura destacada del partido rojo, “obviamente esperábamos este tipo de jornada” (Fox News, 5-11-08). Su camarada, el representante Christopher Asis, habló del “tsunami” que llevó a Obama a la presidencia y al Partido Demócrata a ganar la mayoría en ambas cámaras. La naturaleza de este tsunami se presta a interpretaciones diversas y aun combinadas o mezcladas.

  1. ¿Tanto cambió la mentalidad de la mayoría del pueblo norteamericano que en corto tiempo, unas décadas apenas, abolió los prejuicios racistas que le duraron largo después de la abolición de la esclavitud?
  2. ¿Fue la ocupación de Irak y Afganistán, que ha segado la vida de más de cuatro mil efectivos estadounidenses? ¿La crisis que golpea duramente a los hogares y acelera el desempleo?
  3. ¿Algo de todo eso junto?
  4. Las encuestas demostraron que la preocupación mayor del electorado es la situación económica que azota al país, preocupación mucho más densa que la provocada por la guerra. Obama prometió “el cambio” y la cuestión estriba en cuándo, cómo y hasta dónde se producirá.

El día posterior a las elecciones es el primer día de gobierno del electo y se barajan y entrecruzan nombres de posibles miembros del gobierno de Obama.

  1. Su primer nombramiento es algo inquietante: designó jefe de gabinete a Rahm Emanuel, representante demócrata por Illinois, ex funcionario de la Casa Blanca en los tiempos de Clinton, ex banquero inversor. Emanuel fue quien más fondos consiguió de Wall Street para financiar la campaña: 2,7 millones de dólares, a saber en qué términos.
  2. En materia de política internacional, los asesores principales del próximo presidente de EE.UU. han sido y son reflotados del gobierno Clinton –Richard Holbrooke, Susan Rice, Madelaine Albright–, que con Bill practicaron el llamado “intervencionismo liberal”: promovieron las sanciones contra el Irak de Saddam, la participación norteamericana en la guerra de los Balcanes, la invasión de Haití, la acción militar en Sudán y siempre se mostraron remisos a presionar a Israel para que concretara la paz con los palestinos.

El círculo íntimo de Obama ha filtrado a la prensa que éste se inclinaría por mantener a Robert Gates, actual jefe del Pentágono, como el próximo jefe del Pentágono, lo que daría un tinte bipartidista a su gobierno.

  1. Durante decenios, Gates fue agente y aun tres veces director de la CIA en las administraciones de Reagan, Bush padre y Bush hijo, se identificó con el envío de más tropas a Irak y participa activamente en la planificación de la escalada de la guerra en Afganistán y en los bombardeos de territorio pakistaní.
  2. Cabe señalar que Obama saludó “el éxito” del primero y que ha hecho de Afganistán –al que quiere enviar otros 7000 efectivos–- y Pakistán el objetivo central de su política “antiterrorista”. ¿Casualidad o qué?

Barack ha calentado el ánimo del mundo y ha recibido ya solicitaciones y advertencias de diferentes países.

  1. El gobierno de Afganistán le pide que los ocupantes dejen de matar a civiles que acuden a una boda.
  2. El paquistaní, que cesen los ataques contra su frontera con Afganistán.
  3. El de la India, que no se inmiscuya en la cuestión de Cachemira, otro desvelo de Obama.
  4. Tel Aviv saludó su elección y aseguró que no cambiará la política de la Casa Blanca para con su aliado principal en Medio Oriente, aunque la mayoría de los israelíes con pasaporte estadounidense votó por McCain.
  5. El presidente Saakshvili reiteró que Obama en persona le confió sus planes concretos para fortalecer a Georgia. Europa Occidental demanda que EE.UU. la considere socio igualitario.
  6. Varios gobiernos latinoamericanos expresaron la esperanza de que serán ahora tratados con respeto.
  7. China mostró cautela.
  8. El Kremlin, muy criticado por Barack, que lo considera el segundo enemigo potencial de EE.UU. después de Irán, lanzó un primer reto: anunció que instalará un sistema adecuado para contrarrestar el escudo antimisiles del que participan Polonia y la República Checa.

Es evidente que Obama cambia la imagen de EE.UU. en el mundo, en parte porque es afroamericano, en parte porque el padre nació en Kenia, en parte porque los pueblos quieren paz y no guerra, en parte porque no es Bush.

Probablemente entablará negociaciones diplomáticas con los países malditos para W, pero no se distanciará mucho de su política bélica.

Parece tener razón el ex diplomático Edward Walker: “La diferencia esencial será el estilo”. Lástima.

Contra Obama


Traducción de S. Seguí


¿Un clima de intolerancia? ¿Malas vibraciones en un mitin de McCain-Palin? Siempre alertas ante la amenaza de los camisas pardas, los progresistas leen los informes de prensa provenientes de Ohio y Wisconsin con un ligero escalofrío. ¿Dónde habrán estado estos últimos meses? Intente usted discutir en un típico hogar progresista y dar una opinión contra Obama y en favor de Nader. Una pareja de amigos de izquierda de toda la vida me susurran que en sus hogares y lugares de trabajo han dejado ya de hablar abiertamente de Obama y sólo se atreven a hacerlo, sotto voce, en los parques públicos.

Estos últimos días he estado hojeando prensa, tratando de hallar siquiera un motivo positivo para votar en favor de Obama. Insisto en lo de positivo, puesto que el propio candidato ha hecho de esta expresión un tema de atracción. ¿Por qué votar por Obama, a diferencia de votar contra el equipo que forman Palin y Joe el Fontanero?

Obama invoca el cambio. Sin embargo nunca antes un candidato reformista ha estado tan atrapado por el cuello por la mano muerta del pasado.

  1. ¿Es posible hacer frente a los problemas de Estados Unidos sin hablar del presupuesto militar, ya fuera de todo control?
  2. El Pentágono gasta más hoy que en ningún otro momento desde el final de la II Guerra Mundial.
  3. En dólares constantes, los 635.000 millones asignados en el año fiscal de 2007 son un 5% más que la cifra más alta anterior, en 1952.
  4. Según como se realice el conteo, el Imperio tiene entre 700 y 1.000 bases en el extranjero;
  5. Obama quiere ampliar la cifra de personal militar en 90.000 unidades;
  6. se ha comprometido a incrementar la guerra estadounidense en Afganistán;
  7. también a atacar el territorio soberano de Pakistán si este país obstruye cualquier tipo de misión unilateral estadounidense para matar a Osama bin Laden;
  8. se ha comprometido asimismo a llevar la guerra contra el terror a un centenar de países, creando para ello una nueva infraestructura internacional represiva destinada a atacar las redes terroristas.
  9. ¿Un nuevo comienzo?
  10. ¿Cuál es la diferencia con el compromiso de Bush ante el Congreso, el 20 de septiembre de 2001, de realizar una “guerra contra el terror”, contra “cualquier grupo terrorista de alcance global” y contra “cualquier nación que siga acogiendo o apoyando al terrorismo”?

Los defensores progresistas de Obama se conforman con la idea de que tenía que decir esto para ser elegido.

Después de ocho años de Bush, los estadounidenses son receptivos a una reevaluación del papel imperial de su país, pero Obama ha obviado esta oportunidad.

Si resulta elegido (1) será prisionero de su promesa de que durante su turno de guardia no se perderá Afganistán, ni se dejará de asumir la carga del hombre blanco.

Sea cual sea la reducción de tropas en Iraq tras la victoria de Obama, será sólo un breve intervalo, entre la fanfarria y el ruido de su oferta de soluciones.

En caso de victoria de Obama, la consecuencia más inmediata será muy probablemente una brusca reafirmación imperial.

Ya Joe Biden, el ajado modelo de póster de la intransigencia israelí y la histeria de la guerra fría, está anunciando con estridencia que el coraje del nuevo gobierno serán puestos a prueba en sus primeros seis meses por los rusos y sus acólitos.

Después de ocho años de ataques incesantes a las libertades constitucionales por parte de Bush y Cheney, el entusiasmo público y judicial por la tiranía se ha desvanecido.

  1. Pero Obama ha optado por ponerse de la parte de Bush y Cheney.
  2. En febrero, en aras de un perfil progresista en las primarias, Obama se manifestó en contra de las escuchas ilegales.
  3. Su apoyo a las libertades no fue más allá de su segundo trimestre, y lo liquidó con un voto a favor de dichas escuchas.
  4. El hombre que votó a favor de confirmar la Ley Patriótica declaró que “la capacidad para perseguir y llegar hasta personas dispuestas a atacar a Estados Unidos es una herramienta vital del antiterrorismo.”

Todo político, bueno o malo, es un oportunista ambicioso. Pero por debajo de este primer nivel, aquellos que llegan a dejar su huella constructiva en la historia tienen un fondo de consistencia y fidelidad a algún tipo de idea central.

  1. En el caso de Obama, esta idea es el último destilado de las políticas identitarias: la idea de su negritud.
  2. Los que afirman que si fuera blanco tendría el camino fácil hacia la Casa Blanca no comprenden que sin su más destacada característica física Obama sería considerado un simple senador de segundo nivel sin credenciales para impresionar a nadie.
  3. Como organizador político de su propio progreso, Obama es una maravilla.
  4. Pero aún no he conseguido encontrar una sola intención elevada a la que haya sido fiel si ello significaba algún riesgo para su carrera.
  5. Echando mano de todo mi optimismo disponible, supongo que podemos decir que aún no ha tenido ocasión de ofender a dos grupos de electores importantes y de ajustar su actitud, todavía decente, en materia de inmigración y reforma de la legislación laboral.
  6. ¿Financiación pública de su campaña? Compromiso primero adoptado y luego traicionado, como en el caso de las escuchas ilegales. Su tesorería de campaña es ahora un enorme bote, que si hubiera sido recaudado por un republicano sería tema de estruendosas campañas progresistas.

En términos sustanciales, la campaña de Obama ha sido la negación de casi cualquier principio progresista decente, una negación que no ha suscitado la menor protesta de ningún progresista que pretenda hacerle responsable.

  1. Los Michael Moores siguen en silencio.
  2. En el extranjero, Obama equivale a renacimiento imperial, pero ha mostrado sumisión ante el lobby israelí y ha promovido los más enraizados reflejos de la guerra fría.
  3. En el país, se ha postrado ante los banqueros y Wall Street, las compañías petroleras, las carboníferas, el lobby nuclear y los grandes combinados agroindustriales.
  4. No ha sentido ningún temor a la hora de ofender a los progresistas, ni ha descansado a la hora de apaciguar a los poderosos.

Así pues, no, no estamos ante un momento excitante o liberatorio de las políticas estadounidenses, como era posible tras los años de Bush.

Si quieren un recuerdo de algo que puede considerarse excitante, les sugiero que vayan al sitio Internet de la campaña Nader-Gonzales y lean su plataforma, especialmente en lo relativo a participación e iniciativa.

O bien que lean fragmentos de la plataforma del libertario Bob Barr en materia de política exterior y derechos constitucionales.

En estos momentos, Cynthia McKinney esta haciendo afirmaciones chifladas sobre 5.000 ejecuciones post-Katrina, de lo contrario la incluiría también.

¿Quieren ustedes realmente estar en el mismo lado que Alan Dershowitz, Colin Powell y Christopher Hitchens?

(1) Este artículo fue escrito a finales de octubre (N. del t.)

S. Seguí pertenece a los colectivos de Rebelión y Cubadebate. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar el nombre del autor y el del traductor, y la fuente