viernes, 20 de junio de 2008

LA DOCTRINA DEL SHOCK-EL AUGE DEL CAPITALISMO DEL DESASTRE- LIBRO- INTRODUCCIÓN- NOAMI KLEIN- (Hasta el capitalismo post-neoliberal)

Esta presentación de la introducción y los cinco primeros artículos del último libro de Noami Klein, lo cual significó un “gran esfuerzo editorial” (no es chiste), se lo dedicamos a todos los compañer@s que se interesan por conocer el mundo en el cual, palabras más, palabras menos (muletilla del Sub-Comandante Marcos, para no confundirnos) la Argentina ha navegado a la deriva, con un mapa de ruta trazado cruelmente por las grandes corporaciones transnacionales del capitalismo.

Muy especialmente, lo dedicamos a los compañer@s que cuando publicamos dos capítulos de este mismo libro (capítulos 14 y 15, dedicados a develar como este capitalismo post-neoliberal, atravesaba de esta a oeste, de norte a sur, a los mismísimos Estados Unidos de Norteamérica) nos criticaron constructivamente afirmando: “Vos los entiendes por que leíste todo el libro”.

Ahora con esta entrega, se podrán entender, también esos capítulos citados arriba.-

Biblioteca Paco Urondo

Coordinador, Pedro Bugani

Antes de que la Junta tomara el poder, Argen­tina tenía menos pobres que Francia o Estados Unidos —solo un 6 % de la población— y una tasa de desempleo de sólo el 4,2 %.

Este es un libro que no deja tranquilo, nos conmueve permanentemente y convoca la rebelión ante la injusticia inimaginable

Leerán página tras página, pormenorizadamente, documentadamente la criminal historia de la ejecución fría, calculada, inmisericorde

de aquello que Rodolfo Wallsh conceptualizara como

MISERIA PLANIFICADA

Klein, Noami.

La doctrina shock. El auge del capitalismo del desastre.

Paidós, 1ra. Ed. Argentina. 2008.

pp. 23-46.

Introducción

LA NADA ES BELLA

Tres décadas borrando y rehaciendo el mundo

La Tierra estaba toda corrompida ante Dios y llena toda de violencia. Viendo, pues, Dios que todo en la Tierra era co­rrupción, pues toda carne había corrompido su camino sobre la Tierra, dijo Dios a Noé: «El fin de toda carne ha llegado a mi presencia, pues está llena la Tierra de violencia a causa de los hombres, y voy a exterminarlos de la Tierra».

Génesis 6,11

Del shock y de !a conmoción surgen miedos, peligros y destrucciones inaprensibles para la mayor parte de la gente, para elementos y sectores específicos de la sociedad de la amenaza, o para los dirigentes. La naturaleza, bajo la forma de tornados, huracanes, terremotos, inundaciones, incen­dios descontrolados, hambrunas y epidemias también puede generar estados de shock y de conmoción.

Shock and Awe: Achieving Rapid Dominance,

extraído de la doctrina militar de la guerra contra Irak1

Conocí a Jamar Perry en septiembre de 2005, en el gran refugio jue la Cruz Roja había organizado en Baton Rouge, Luisiana. Un grupo de jóvenes miembros de la cienciología repartían, sonrientes, la cena entre la gente que esperaba en fila, y él era uno de ellos. Me acababan de llamar la atención por hablar con los evacuados sin un perio­dista a mi lado y me estaba esforzando por disimular y mezclarme con el gentío, una canadiense blanca en medio de un mar de afroamerica­nos sureños. Me escabullí hasta la fila, detrás de Perry, y le pedí que hablara conmigo como si fuéramos amigos de toda la vida, y se avino amablemente.

Nacido y criado en Nueva Orleans, había pasado una semana fuera de la ciudad inundada. Aparentaba unos diecisiete años, pero me dijo que tenía veintitrés. Él y su familia habían esperado a los autobuses de rescate hasta el último momento. A falta de una evacuación organizada, se habían lanzado al exterior, bajo un sol abrasador. Finalmente habían terminado allí, en un inmenso centro de congresos, en donde habitualmente se celebraban las ferias de la industria farmacéutica y espectácu­los de lucha libre como Capital City Carnage: The Ultímate in Steel Cage Fighting* Ahora, en el centro se apretujaban más de dos mil ca­millas y una muchedumbre de gente exhausta y enfadada bajo la vigi­lancia de los soldados de la Guardia Nacional, tensos y con los nervios a flor de piel, recién llegados de Irak.

* «Carnicería de la capital: lo último en combates entre rejas». (N. de la T.)

Ese día corría la voz en el refugio de que Richard Baker, un desta­cado congresista republicano de Nueva Orleans, le había dicho a un grupo de presión: «Por fin hemos limpiado Nueva Orleans de los pisos de protección oficial. Nosotros no podíamos hacerlo, pero Dios sí».2 Joseph Canizaro, uno de los constructores más ricos de Nueva Orleans, también había expresado una opinión parecida: «Creo que podemos empezar de nuevo, pasando página. Y en esa página blanca tenemos grandes oportunidades».3 Durante toda la semana, por el parlamento estatal de Luisiana en Baton Rouge habían desfilado grupos de pre­sión, y gente de toda ralea con influencias y ganas de aprovechar esas grandes oportunidades: menos impuestos, menos regulaciones, traba­jadores con salarios más bajos y «una ciudad más pequeña y más segu­ra», lo que en la práctica equivalía a eliminar los proyectos de pisos a precios asequibles y sustituirlos por promociones urbanísticas. Al es­cuchar frases y expresiones como «empezar de nuevo» y «pasar pági­na», casi se le olvidaba a uno el hedor nocivo de los escombros, las ma­reas químicas y los restos humanos que se amontonaban a unos pocos kilómetros, en la autopista.

En el refugio, Jamar no podía pensar en otra cosa: «Para mí no tiene nada que ver con limpiar la ciudad. Lo que yo veo es un montón de gente del centro que ha muerto. Personas que no deberían estar muertas».

Hablaba en voz baja, pero un hombre mayor que estaba en la cola, delante de nosotros, le oyó y se dio la vuelta como si le hubieran dado un latigazo: «¿Qué les pasa a esos tipejos de Baton Rouge? Esto no es una oportunidad. Es una maldita tragedia. ¿Están ciegos o qué?».

Una madre con dos niños intervino: «No, no están ciegos. Son mal­vados. Tienen la vista perfectamente sana».

Milton Friedman fue uno de los que vio oportunidades en las aguas que inundaban Nueva Orleans. Gran gurú del movimiento en favor del capitalismo de libre mercado fue el responsable de crear la hoja de ru­ta de la economía global, contemporánea e hipermóvil en la que hoy vi­vimos. A sus noventa y tres años, y a pesar de su delicado estado de sa­lud, el «tío Miltie», como le llamaban sus seguidores, tuvo fuerzas para escribir un artículo de opinión en The Wall Street Journal tres meses después de que los diques se rompieran: «La mayor parte de las escue­las de Nueva Orleans están en ruinas —observó Friedman—, al igual que los hogares de los alumnos que asistían a clase. Los niños se ven obligados a ir a escuelas de otras zonas, y esto es una tragedia. También es una oportunidad para emprender una reforma radical del sistema educativo».4

La idea radical de Friedman consistía en que, en lugar de gastar una parte de los miles de millones de dólares destinados a la recons­trucción y la mejora del sistema de educación pública de Nueva Orleans, el gobierno entregase cheques escolares a las familias, para que éstas pudieran dirigirse a las escuelas privadas, muchas de las cuales ya ob­tenían beneficios, y dichas instituciones recibieran subsidios estatales a cambio de aceptar a los niños en su alumnado. Era esencial, según in­dicaba Friedman en su artículo, que este cambio fundamental no fuera un mero parche sino una «reforma permanente».5

Una red de think tanks y grupos estratégicos de derechas se aba­lanzaron sobre la propuesta de Friedman y cayeron sobre la ciudad después de la tormenta. La administración de George W. Bush apoyó sus planes con decenas de millones de dólares con el propósito de con­vertir las escuelas de Nueva Orleans en «escuelas chárter», es decir, es­cuelas originalmente creadas y construidas por el Estado que pasarían a ser gestionadas por instituciones privadas según sus propias reglas. Hay un gran debate en torno a las escuelas chárter en Estados Unidos, pues muchos padres y madres afroamericanos opinan que son un paso atrás en el camino de los derechos civiles, que garantizaba una educa­ción igual para todos los niños. Sin embargo, para Milton Friedman el mismo concepto de sistema de educación pública apestaba a socialis­mo. Desde su punto de vista, las únicas funciones del Estado consistían en la «protección de nuestras libertades, contra los enemigos del exte­rior y los del interior: defender la ley y el orden, garantizar los contra­tos privados y crear el marco para mercados competitivos».6 En otras palabras, policía y soldados; cualquier cosa más allá, incluyendo una educación gratuita e igualitaria, era una interferencia injusta en las le­yes del mercado.

En brutal contraste con el ritmo glacial al que se repararon los di­ques y la red eléctrica de Nueva Orleans, la subasta del sistema educa­tivo de la ciudad se realizó con precisión y velocidad dignas de un ope­rativo militar. En menos de diecinueve meses, con la mayoría de los ciudadanos pobres aún exiliados de sus hogares, las escuelas públicas de Nueva Orleans fueron sustituidas casi en su totalidad por una red de escuelas chárter de gestión privada. Antes del huracán Katrina, la junta estatal se ocupaba de 123 escuelas públicas; después, sólo queda­ban 4. Antes de la tormenta, Nueva Orleans contaba con 7 escuelas chárter, y después, 31.7 Los maestros de la ciudad solían enorgullecer­se de pertenecer a un sindicato fuerte. Tras el desastre, los contratos de los trabajadores quedaron hechos pedazos, y los 4.700 miembros del sindicato fueron despedidos.8 Algunos de los profesores más jóvenes volvieron a trabajar para las escuelas chárter, con salarios reducidos. La mayoría no recuperaron sus empleos.

Nueva Orleans era, según The New York Times, «el principal labo­ratorio de pruebas de la nación para el incremento de las escuelas chár­ter», mientras el American Enterprise Institute, un think tank de inspi­ración friedmaniana, declaraba entusiasmado que «el Katrina logró en un día [...] lo que los reformadores escolares de Luisiana no pudieron lograr tras varios años intentándolo».9 Mientras, los maestros de escue­la, que eran testigos de cómo el dinero destinado a las víctimas de las inundaciones era desviado de su objetivo original y se utilizaba para eli­minar un sistema público y sustituirlo por otro privado, tildaban el plan de Friedman de «atraco a la educación».10

Estos ataques organizados contra las instituciones y bienes públi­cos, siempre después de acontecimientos de carácter catastrófico, de­clarándolos al mismo tiempo atractivas oportunidades de mercado, re­ciben un nombre en este libro: «capitalismo del desastre».

La columna de opinión de Friedman sobre Nueva Orleans terminó siendo su última recomendación sobre políticas públicas: murió menos de un año después, el 16 de noviembre de 2006, a los noventa y cuatro años. Puede parecer que la privatización del sistema de educación pú­blica de una ciudad norteamericana de tamaño medio fue una preocu­pación modesta para el hombre considerado el economista más influyente del pasado medio siglo, entre cuyos discípulos se cuentan varios presidentes estadounidenses, primeros ministros británicos, oligarcas rusos, ministros de Finanzas polacos, dictadores del Tercer Mundo, se­cretarios generales del Partido Comunista chino, directores del Fondo Monetario Internacional y los últimos tres jefes de la Reserva Federal. No obstante, su decidida voluntad de aprovechar la crisis de Nueva Orleáns para instaurar una versión fundamentalista del capitalismo también fue un adiós extrañamente adecuado para el profesor de me­tro cincuenta y ocho y energía sin límites que, en el apogeo de sus fa­cultades, se describió como «un predicador a la antigua pronunciando el sermón de los domingos».11

Durante más de tres décadas, Friedman y sus poderosos seguidores habían perfeccionado precisamente la misma estrategia: esperar a que se produjera una crisis de primer orden o estado de shock, y luego ven­der al mejor postor los pedazos de la red estatal a los agentes privados mientras los ciudadanos aún se recuperaban del trauma, para rápida­mente lograr que las «reformas» fueran permanentes.

En uno de sus ensayos más influyentes, Friedman articuló el núcleo de la panacea táctica del capitalismo contemporáneo, lo que yo deno­mino doctrina del shock. Observó que «sólo una crisis —real o perci­bida— da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra función básica: desarrollar al­ternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevita­ble».12 Algunas personas almacenan latas y agua en caso de desastres o terremotos; los discípulos de Friedman almacenan un montón de ideas de libre mercado. Y una vez desatada la crisis, el profesor de la Uni­versidad de Chicago estaba convencido de que era de la mayor impor­tancia actuar con rapidez, para imponer los cambios rápida e irreversi­blemente, antes de que la sociedad afectada volviera a instalarse en la «tiranía del statu quo». Estimaba que «una nueva administración dis­fruta de seis a nueve meses para poner en marcha cambios legislativos importantes; si no aprovecha la oportunidad de actuar durante ese período concreto, no volverá a disfrutar de ocasión igual».13 Es una varia­ción del consejo de Maquiavelo según el cual vale más comunicar de una sola vez «las malas noticias», y supuso uno de los legados estraté­gicos más duraderos de Friedman.

Milton Friedman aprendió lo importante que era aprovechar una crisis* o estado de shock a gran escala durante la década de los setenta, cuan­do fue asesor del dictador general Augusto Pinochet. Los ciudadanos chilenos no sólo estaban conmocionados después del violento golpe de Estado de Pinochet, sino que el país también vivía traumatizado por un proceso de hiperinflación muy agudo. Friedman le aconsejó a Pinochet que impusiera un paquete de medidas rápidas para la transformación económica del país: reducciones de impuestos, libre mercado, privati­zación de los servicios, recortes en el gasto social y una liberalización y desregulación generales. Poco a poco, los chilenos vieron cómo sus escuelas públicas desaparecían para ser reemplazadas por escuelas finan­ciadas mediante el sistema de cheques escolares. Se trataba de la trans­formación capitalista más extrema que jamás se había llevado a cabo en ningún lugar, y pronto fue conocida como la revolución de la Escuela de Chicago, pues diversos integrantes del equipo económico de Pino­chet habían estudiado con Friedman en la Universidad de Chicago. Friedman predijo que la velocidad, la inmediatez y el alcance de los cambios económicos provocarían una serie de reacciones psicológicas en la gente que «facilitarían el proceso de ajuste».14 Acuñó una fórmu­la para esta dolorosa táctica: el «tratamiento de choque» económico. Desde hace varias décadas, siempre que los gobiernos han impuesto programas de libre mercado de amplio alcance han optado por el tra­tamiento de choque que incluía todas las medidas de golpe, también conocido como «terapia de shock».

Pinochet también facilitó el proceso de ajuste con sus propios tra­tamientos de choque, llevados a cabo por las múltiples unidades de tor­tura del régimen, y demás técnicas de control infligidas en los cuerpos estremecidos de los que se creía iban a obstaculizar el camino de la transformación capitalista. Muchos observadores en Latinoamérica se dieron cuenta de que existía una conexión directa entre los shocks económicos que empobrecían a millones de personas y la epidemia de torturas que castigaban a cientos de miles que creían en una sociedad distinta. Como el escritor uruguayo Eduardo Gaicano se preguntaba, «¿cómo se mantiene esa desigualdad, si no es mediante descargas de shocks eléctricos?».15

Exactamente treinta años después de que estas tres distintas meto­dologías de shock cayeran sobre el pueblo de Chile, la fórmula resurgió con mayor violencia en Irak. Primero fue la guerra, diseñada, según los autores del documento de doctrina militar Shock and Awe, para «con­trolar la voluntad del adversario, sus percepciones y su comprensión, y literalmente lograr que quede impotente para cualquier acción o reac­ción».16 Luego vino la terapia de shock económica, radical e impuesta por el delegado de la administración estadounidense, cuando el país aún se encontraba devorado por las llamas. Paul Bremer decretó las medidas de rigor: privatizaciones masivas, liberalización absoluta del mercado, un impuesto de tramo fijo del 15 % y un Estado cuyo papel se vio brutalmente reducido. El ministro de Finanzas provisional de Irak, Alí Abdul-Amir Allawi, declaró entonces que sus conciudadanos esta­ban «hartos de ser conejillos de Indias. El sistema ha sufrido bastantes golpes por el momento, así que no nos hace ninguna falta una nueva terapia de shock económica».17 Cuando los iraquíes se resistieron, los pusieron contra la pared: terminaron en cárceles, donde sus cuerpos y mentes se enfrentaron a más traumas y shocks, algunos mucho menos metafóricos.

Empecé a investigar la dependencia entre el libre mercado y el poder del shock hace cuatro años, al principio de la ocupación de Irak. Des­pués de informar desde Bagdad acerca de los fallidos intentos de Wa­shington de seguir con sus planes de terapia de shock, viajé a Sri Lanka, meses después del catastrófico tsunami del año 2004. Allí presencié otra versión distinta de las mismas maniobras: los inversores extranjeros y los donantes internacionales se habían coordinado para aprovechar la atmósfera de pánico, y habían conseguido que les entregaran toda la costa tropical. Los promotores urbanísticos estaban construyendo grandes centros turísticos a toda velocidad, impidiendo a miles de pes­cadores autóctonos que reconstruyeran sus pueblos, antaño situados frente al mar. «En una cruel broma del destino, la naturaleza ha ofre­cido a Sri Lanka una oportunidad única: de esta terrible tragedia nacerá un destino turístico de primera clase», anunció el gobierno.18 Cuando el Katrina destruyó Nueva Orleans, la red de políticos republicanos, think tanks y constructores empezaron a hablar de «un nuevo principio» y atractivas oportunidades; estaba claro que se trataba del nuevo método de las multinacionales para lograr sus objetivos: aprovechar momentos de trauma colectivo para dar el pistoletazo de salida a refor­mas económicas y sociales de corte radical.

La mayoría de las personas que sobreviven a una catástrofe de esas características desean precisamente lo contrario de «un nuevo princi­pio». Quieren salvar todo lo que sea posible y empezar a reconstruir lo que no ha perecido, lo que aún se tiene en pie. Desean reafirmar sus la­zos con la tierra y los lugares en los que se han formado. «Cuando ayu­do a reconstruir la ciudad, siento que también yo estoy reconstruyén­dome», afirmaba Cassandra Andrews, residente en la zona de Lower Ninth Ward, terriblemente asolada durante las inundaciones, mientras seguía limpiando las ruinas después de la tormenta.19 Pero a los capita­listas del desastre no les interesa en absoluto reconstruir el pasado. En Irak, Sri Lanka y Nueva Orleans, los procesos engañosamente llamados «de reconstrucción» se limitaron a terminar la labor del desastre origi­nal, tirando abajo los restos de las obras, comunidades y edificios pú­blicos que aún quedaban en pie para luego reemplazarlos rápidamente con Una especie de Nueva Jerusalén empresarial; todo antes de que las víctimas del conflicto o del desastre natural fueran capaces de reagruparse y reclamar lo que les pertenecía.

Mike Battles supo expresarlo mejor: «Para nosotros, el miedo y el desorden representaban una verdadera promesa».20 El ex agente de la CIA de treinta y cuatro años se refería al caos posterior a la invasión de Irak, y cómo gracias a eso su empresa de seguridad privada, Custer Battles, desconocida y sin experiencia en el campo, pudo obtener contratos de servicios otorgados por el gobierno federal por valor de unos 100 millones de dólares.21 Sus palabras podrían constituir el eslogan del capitalismo contemporáneo: el miedo y el desorden como cataliza­dores de un nuevo salto hacia delante.

Cuando me puse a investigar sobre la relación entre los enormes beneficios de las empresas y las grandes catástrofes, pensé que me ha­llaba frente a un cambio radical en la forma en que la «liberalización» de mercados se desarrollaba en todo el mundo. Durante mi implica­ción en el movimiento contra el poder de las empresas que hizo su primera aparición global en Seattle en 1999, ya había sido testigo de políticas parecidas, que favorecían a las grandes multinacionales y se imponían en las cumbres de la Organización Mundial de Comercio, a menudo contra la voluntad de los países desfavorecidos, bajo amenaza de negarles los préstamos del Fondo Monetario Internacional si se oponían a ellas. Las tres grandes medidas habituales —privatización, desregulación gubernamental y recortes en el gasto social— solían ser muy impopulares entre la gente, pero con el establecimiento de acuer­dos firmados y una parafernalia oficial, al menos se sostenía el pretex­to del consentimiento mutuo entre los gobiernos que negociaban, así como una ilusión de consenso entre los supuestos expertos. Ahora, el mismo programa ideológico se imponía mediante las peores condicio­nes coercitivas posibles: la ocupación militar de una potencia extranje­ra después de una invasión, o inmediatamente después de una catás­trofe natural de gran magnitud. Al parecer, los atentados del 11 de septiembre le habían otorgado luz verde a Washington, y ya no tenían ni que preguntar al resto del mundo si deseaban la versión estadouni­dense del «libre mercado y la democracia»: ya podían imponerla me­diante el poder militar y su doctrina de shock y conmoción.

Sin embargo, a medida que avanzaba en la investigación de cómo este modelo de mercado se había impuesto en todo el mundo, descubrí que la idea de aprovechar las crisis y los desastres naturales había sido en realidad el modus operandi clásico de los seguidores de Milton Friedman desde el principio. Esta forma fundamentalista del capitalis­mo siempre ha necesitado de catástrofes para avanzar. Sin duda las cri­sis y las situaciones de desastre eran cada vez mayores y más traumáti­cas, pero lo que sucedía en Irak y Nueva Orleans no era una invención nueva, derivada de lo sucedido el 11 de septiembre. En verdad, estos audaces experimentos en el campo de la gestión y aprovechamiento de las situaciones de crisis eran el punto culminante de tres décadas de fir­me seguimiento de la doctrina del shock.

A la luz de esta doctrina, los últimos treinta y cinco años adquieren un aspecto singular y muy distinto del que nos han contado. Algunas de las violaciones de derechos humanos más despreciables de este si­glo, que hasta ahora se consideraban actos de sadismo fruto de regíme­nes antidemocráticos, fueron de hecho un intento deliberado de ate­rrorizar al pueblo, y se articularon activamente para preparar el terreno e introducir las «reformas» radicales que habrían de traer ese ansiado libre mercado. En la Argentina de los años setenta, la sistemática polí­tica de «desapariciones» que la Junta llevó a cabo, eliminando a más de treinta mil personas, la mayor parte de los cuales activistas de izquierdas, fue parte esencial de la reforma de la economía que sufrió el país, con la imposición de las recetas de la Escuela de Chicago; lo mismo sucedió en Chile, donde el terror fue el cómplice del mismo tipo de metamorfosis económica. En la China de 1989, la masacre de la plaza de Tiananmen fue el shock que desató oleadas de detenciones, más de decenas de miles, las cuales permitieron al Partido Comunista conver­tir el país en una zona de exportación al por mayor, bien surtida de tra­bajadores demasiado aterrorizados como para exigir ningún derecho laboral. En la Rusia de 1993, Boris Yeltsin decidió enviar los tanques al parlamento, y maniobrar para impedir que los líderes de la oposición fueran un obstáculo para la privatización fulminante que dio lugar a la nueva clase dirigente del país: los famosos oligarcas.

La guerra de las Malvinas, en 1982, permitió a Margaret Thatcher superar la crisis de las huelgas de los mineros. Gracias a la excitación patriótica que recorrió el país como un relámpago, pudo aplastar la re­vuelta de los mineros y lanzar la primera gran marea privatizadora de una democracia occidental. En 1999, el ataque de la OTAN contra Belgrado permitió que más tarde la antigua Yugoslavia fuera pasto de rápidas privatizaciones, un objetivo anterior a la propia guerra. La eco­nomía no fue en absoluto la única motivación que desató estos conflic­tos, pero en todos y cada uno de los casos, un estado de shock colecti­vo de primer orden fue el marco y la antesala para la terapia de shock económica.

Los traumáticos episodios que «prepararon el terreno» no siempre han sido de carácter abiertamente violento. En los años ochenta, en La­tinoamérica y África, las crisis a causa de las deudas forzaban a los paí­ses a «privatizarse o morir», como dijo un ex funcionario del FMI.22 Devorados por la hiperinflación, y demasiado endeudados como para negarse a las exigencias que venían de la mano de los préstamos ex­tranjeros, los gobiernos aceptaban los «tratamientos de choque» cre­yendo en la promesa de que les salvarían de mayores desastres. En Asia, la crisis financiera de 1997 y 1998 —de consecuencias compara­bles a la Depresión de 1929— bajó los humos de los denominados Ti­gres de Asia, abriendo sus mercados en lo que el New York Times des­cribió como «la mayor liquidación por cierre del mundo».23 Muchos de estos países eran democrácticos, pero las transformaciones radicales que crearon el «libre mercado» no se instauraron democráticamente. Más bien al contrario: tal y como lo entendía Friedman, la atmósfera de crisis a gran escala ofrecía los pretextos necesarios para desestimar los deseos expresados por los votantes y entregar las riendas del país a los «tecnócratas» económicos.

Por supuesto, ha habido casos en los que la adopción de las políti­cas económicas de libre mercado se ha producido de forma democrática. Los políticos han presentado propuestas de línea dura, y han ganado las elecciones, siendo la presidencia de Ronald Reagan en Estados Uni­dos el mejor ejemplo, y la elección en Francia de Nicolás Sarkozy uno más reciente. En estos casos, no obstante, los cruzados del capitalismo se enfrentaron a la presión del público, y tuvieron que suavizar y mo­dificar sus planes radicales, viéndose obligados a aceptar cambios gra­duales en lugar de una conversión total. En resumen, el modelo econó­mico de Friedman puede imponerse parcialmente en democracia, pero para llevar a cabo su verdadera visión necesita condiciones políticas autoritarias. La doctrina de shock económica necesita, para aplicarse sin ningún tipo de restricción —como en el Chile de los años setenta, China a finales de los ochenta, Rusia en los noventa y Estados Unidos tras el 11 de septiembre—, algún tipo de trauma colectivo adicional, que suspenda temporal o permanentemente las reglas del juego democrá­tico. Esta cruzada ideológica nació al calor de los regímenes dictatoria­les de América del Sur, y en los nuevos territorios que ha conquistado recientemente, como Rusia y China, coexiste con comodidad, y hasta con provecho, con un liderazgo de puño de hierro.

LA TERAPIA DE SHOCK EN CASA

La Escuela de Chicago de Friedman se ha impuesto en todo el mundo desde los años setenta, pero hasta hace poco su visión jamás se había aplicado totalmente en su país de origen. Ciertamente, Reagan fue un pionero, pero Estados Unidos aún cuenta con una red de asis­tencia y seguridad social, y escuelas públicas a las que los padres se aferran, según las palabras de Friedman, con «un irracional apego a un sistema socialista».24

Cuando los republicanos se hicieron con el Congreso en 1995, Da­vid Frum, canadiense residente en Estados Unidos y futuro redactor de discursos para George W. Bush, era uno de los neoconservadores que pedía una revolución económica de terapia de shock para el país. «Así es como creo que debería hacerse: en lugar de recortes residuales, un poco por aquí, otro poco por allá, yo eliminaría trescientos programas en un día, este verano, todos los cuales cuestan cada uno mil millones de dóla­res o menos. Quizá no sean reducciones muy sustanciales, pero vaya si queda claro que las cosas van a cambiar. Y esto se puede hacer ya».25

Frum no pudo llevar a cabo sus planes domésticos para la terapia de shock en ese entonces, sobre todo porque no hubo ninguna crisis que preparara el terreno. Pero eso cambió en 2001. Cuando se produ­jeron los atentados del 11 de septiembre, en la Casa Blanca pululaban un buen número de discípulos de Friedman, incluyendo su gran ami­go Donald Rumsfeld. El equipo de Bush aprovechó la ocasión, el mo­mento de vértigo colectivo con ávida rapidez. Al contrario de lo que algunos han afirmado, no fue porque la administración hubiera ma­quinado lo sucedido, sino porque las figuras clave del gobierno, vete­ranos de los anteriores experimentos del capitalismo del desastre de Latinoamérica y Europa del Este, formaban parte de un movimiento que reza para que se produzcan las crisis igual que los granjeros se­dientos rezan para que llueva, como los cristianos apocalípticos rezan para que llegue el Rapto que ha de llevarse a los fieles a la vera de Jesús. Cuando por fin se desata la tragedia, saben inmediatamente que ha llegado su momento.

Durante tres décadas, Friedman y sus discípulos sacaron partido metódicamente de las crisis y los shocks que los demás países sufrían, los equivalentes extranjeros del 11 de septiembre: el golpe de Pinochet otro 11 de septiembre, en 1973. Lo que sucedió en el año 2001 fue que una ideología nacida a la sombra de las universidades norteamericanas y fortalecida en las instituciones políticas de Washington por fin podía regresar a casa.

Rápidamente, la administración Bush aprovechó la oportunidad ge­nerada por el miedo a los ataques para lanzar la guerra contra el terror, pero también para garantizar el desarrollo de una industria exclusiva­mente dedicada a los beneficios, un nuevo sector en crecimiento que in­sufló renovadas fuerzas en la debilitada economía estadounidense. El término «complejo del capitalismo del desastre» la describe con más precisión; tiene tentáculos más poderosos y llega más lejos que el com­plejo industrial-militar contra el que Dwight Eisenhower lanzó sus ad­vertencias al final de su mandato. Estamos ante una guerra global cuyos combates se libran en todos los niveles de las empresas privadas cuya participación se subvenciona con dinero público, y cuya misión sin fin es la protección del territorio estadounidense a perpetuidad, al tiempo que debe eliminar todo «mal» exterior. En apenas unos años, el complejo ha extendido su presencia en el mercado bajo distintas y cambiantes for­mas: desde la lucha contra el terrorismo hasta las misiones de paz internacionales, desde la seguridad municipal hasta la reacción con motivo de los desastres naturales. El objetivo último de las corporaciones que animan el centro de este complejo es implantar un modelo de gobierno exclusivamente orientado a los beneficios (que tan fácilmente avanza en circunstancias extraordinarias) también en el día a día cotidiano del fun­cionamiento del Estado; esto es, privatizar el gobierno.

La administración Bush empezó por subcontratar, sin ningún tipo de debate público, varias de las funciones más delicadas e intrínsecas del Estado: desde la sanidad para los presos hasta las sesiones de inte­rrogación de los detenidos, pasando por la «cosecha» y recopilación de información sobre los ciudadanos. El papel del gobierno en esta guerra sin fin ya no es el de un gestor que se ocupa de una red de contratis­tas, sino el de un inversor capitalista de recursos financieros sin límite que proporciona el capital inicial para la creación del complejo empre­sarial y después se convierte en el principal cliente de sus nuevos servi­cios. Basta citar tres datos que demuestran el alcance de la transfor­mación: en 2003, el gobierno estadounidense otorgó 3.512 contratos a empresas privadas en concepto de servicios de seguridad. Durante un período de veintidós meses hasta agosto de 2006, el Departamento de Seguridad Nacional había emitido más de 115.000 contratos simila­res.26 La «industria de la seguridad interior» —hasta el año 2001 económicamente insignificante— se había convertido en un sector que fac­turaba más de 200.000 millones de dólares.27 En 2006, el gasto del gobierno de Estados Unidos en seguridad interior ascendía a una media de 545 dólares por cada familia.28

Y eso si hablamos únicamente del frente nacional de la guerra con­tra el terror; las fortunas se ganan luchando en el extranjero. Sin contar los fabricantes de armas, cuyos beneficios se han disparado gracias a la guerra en Irak, el mantenimiento del ejército estadounidense es uno de los sectores de servicios que más ha crecido en el mundo entero.29 «Jamás se ha librado una guerra entre dos países que tengan un McDo­nald's en su territorio», afirmó sin rubor el columnista Thomas Friedman en el New York Times en diciembre de 1996.30 No solamente se puso de manifiesto su error dos años más tarde, sino que gracias al mo­delo de beneficios militares, ahora el ejército norteamericano va a la guerra con Burger King y Pizza Hut, puesto que los contrata para ha­cerse cargo de las franquicias que han de alimentar a los soldados en sus bases militares desde Irak hasta la «miniciudad» de la bahía de Guantánamo.

Luego, el sector de las ayudas humanitarias y la reconstrucción de las zonas declaradas catastróficas. Irak también constituyó una expe­riencia piloto, y la reconstrucción orientada a los beneficios ya se ha convertido en el nuevo paradigma global, sin importar si la destrucción original procedía de los tanques de una guerra preventiva, como suce­dió con los ataques de Israel contra el Líbano en 2006, o de la furia de un huracán. La escasez de recursos y el cambio climático han abierto la puerta a una avalancha de nuevos desastres naturales, un desfilar per­manente de apetitosas oportunidades de negocio: la ayuda humanitaria es un mercado emergente demasiado tentador como para dejarlo en manos de las organizaciones no gubernamentales. ¿Por qué debe ser UNICEF la encargada de la reconstrucción de las escuelas cuando puede hacerlo Bechtel, una de las empresas constructoras más grandes de Estados Unidos? ¿Por qué recolocar a la gente sin hogar del Misisipi en apartamentos vacíos subvencionados por el Estado cuando los pueden alojar en cruceros de las líneas Carnival? ¿Para qué enviar tro­pas de pacificación de la ONU a Darfur cuando empresas privadas como Blackwater andan a la caza y captura de nuevos clientes? Y ahí radica la diferencia tras el 11 de septiembre: antes, las guerras y los de­sastres ofrecían oportunidades para una pequeña parte de la economía, como los fabricantes de aviones de combate, por ejemplo, o las empre­sas constructoras que reparaban los puentes bombardeados. El princi­pal papel económico de las guerras consistía en abrir nuevos mercados que permanecían cerrados y en generar largas épocas de crecimiento durante la posguerra. Ahora, la respuesta y las medidas de reacción frente a guerras y desastres han alcanzado tan alto grado de privatiza­ción que constituyen un nuevo mercado en sí mismas: no es necesario esperar a que termine la guerra para que empiece el desarrollo econó­mico. El medio es el mensaje.

Una de las ventajas más claras de este enfoque posmoderno es que, en términos de mercado, no puede fallar. Como decía un analista de mercado acerca de un trimestre con unos resultados financieros excepcionalmente buenos para la empresa de servicios energéticos Hallibur­ton: «Irak fue mejor de lo que esperábamos».31 Eso fue en octubre de 2006, en aquel entonces el mes más cruento de la guerra, con más de 3.709 bajas de civiles iraquíes.32 Pero pocos accionistas podían quejar­se de una guerra que había generado más de 20.000 millones de dóla­res de ingresos para una única empresa.33

Entre el tráfico de armas, la privatización de los ejércitos, la indus­tria de la reconstrucción humanitaria y la seguridad interior, el resulta­do de la terapia de shock tutelada por la administración Bush después de los atentados es, en realidad, una nueva economía plenamente arti­culada. Nació en la era Bush, pero existe independientemente de una administración concreta y seguirá funcionando entre los intersticios del sistema hasta que la ideología supremacista y empresarial que la pro­pulsa quede en evidencia, aislada y en entredicho. El complejo empre­sarial está en manos de multinacionales estadounidenses, pero su natu­raleza es global: las compañías británicas aportan su experiencia con una red de ubicuas cámaras de seguridad, las empresas israelíes su pe­ricia en la construcción de vallas y muros de última tecnología, la in­dustria maderera canadiense vende casas prefabricadas que son diez veces más caras que las del mercado local, y así podríamos seguir inde­finidamente. «No creo que nadie se haya planteado la industria de la reconstrucción tras los desastres naturales como un mercado inmobi­liario hasta ahora», afirmó Ken Baker, presidente de un grupo de in­dustriales madereros de Canadá. «Es una estrategia que nos permitirá diversificarnos a largo plazo».34

En cuanto a su escala, el complejo empresarial surgido del capita­lismo del desastre está en pie de igualdad con los «mercados emergen­tes» y el auge de las tecnologías de la información que tuvieron lugar en los años noventa. De hecho, las fuentes consultadas afirman que las ci­fras barajadas son mucho más altas que entonces, y que la «burbuja de la seguridad» inyectó vida en el mercado cuando el negocio de Internet empezó a flaquear. Junto con los grandes beneficios de la industria de los seguros (se cree que alcanzaron un récord de 60.000 millones de dólares en el año 2006, sólo en Estados Unidos), así como los exce­lentes resultados de las compañías petrolíferas (que crecen con cada nueva crisis), la economía del desastre quizá haya salvado al mercado mundial de la tremenda recesión que amenazaba con desatarse en la víspera de los atentados de 2001.35

Un problema recurrente se presenta cuando tratamos de relatar la his­toria de la cruzada ideológica que ha desembocado en la privatización radical de la guerra y del desastre: la ideología cambia continuamente de forma, de nombres y de identidades. Friedman se consideraba un «liberal», pero sus discípulos estadounidenses, que relacionaban el li­beralismo con elevados impuestos y hippies, tendieron a identificarse como «conservadores», «economistas clásicos», «defensores del libre mercado», y más tarde, seguidores de las «reaganomics»* o del «laissez-faire». En la mayor parte del mundo, son conocidos como neoliberales, pero a menudo se utilizan los términos «libre mercado» o, sencillamen­te, «globalización». Únicamente desde mediados de los años noventa, este movimiento intelectual dirigido por los think tanks de extrema derecha con los que Friedman trabajó durante varios años —como Heritage Foundation, Cato Institute o American Enterprise Institute— empezó a autodenominarse «neoconservador», un enfoque que ha en­rolado toda la potencia del ejército y de la maquinaria militar al servicio de los propósitos del conglomerado empresarial.

* Reaganomics: término que combina economics (economía) y el nombre del pre­sidente Ronald Reagan. Describe la política económica que éste llevó a cabo durante su mandato. (N. de la T.)

Todas estas reencarnaciones comparten un compromiso para con una trinidad política: la eliminación del rol público del Estado, la ab­soluta libertad de movimientos de las empresas y un gasto social prác­ticamente nulo. Pero ninguna de las múltiples nomenclaturas que esta ideología ha recibido parece suficientemente adecuada. Friedman de­claró que su propuesta era un intento de liberar al mercado de la tenaza estatal, pero el historial de los distintos experimentos económicos que se han llevado a cabo nos muestra una realización muy distinta de su vi­sión de purista. En todos los países en que se han aplicado las recetas económicas de la Escuela de Chicago durante las tres últimas décadas, se detecta la emergencia de una alianza entre unas pocas multinaciona­les y una clase política compuesta por miembros enriquecidos; una combinación que acumula un inmenso poder, con líneas divisorias con­fusas entre ambos grupos. En Rusia, los empresarios multimillonarios que forman parte del juego de alianzas reciben el nombre de «oligar­cas»; en China, los «príncipes»; en Chile, «los pirañas»; y en Estados Unidos, los «pioneros» de la campaña Bush-Cheney. En lugar de liberar al mercado del Estado, estas élites políticas y empresariales sencillamente se han fusionado, intercambiando favores para garantizar su derecho a apropiarse de los preciados recursos que anteriormente eran públicos, desde los campos petrolíferos de Rusia, pasando por las tie­rras colectivas chinas, hasta los contratos de reconstrucción otorgados para Irak.

El término más preciso para definir un sistema que elimina los lí­mites en el gobierno y el sector empresarial no es liberal, conservador o capitalista sino corporativista. Sus principales características consis­ten en una gran transferencia de riqueza pública hacia la propiedad privada —a menudo acompañada de un creciente endeudamiento—, el incremento de las distancias entre los inmensamente ricos y los pobres descartables, y un nacionalismo agresivo que justifica un cheque en blanco en gastos de defensa y seguridad. Para los que permanecen den­tro de la burbuja de extrema riqueza que este sistema crea, no existe una forma de organizar la sociedad que dé más beneficios. Pero dadas las ob­vias desventajas que se derivan para la gran mayoría de la población que está excluida de los beneficios de la burbuja, una de las características del Estado corporativista es que suele incluir un sistema de vigilancia agresiva (de nuevo, organizado mediante acuerdos y contratos entre el gobierno y las grandes empresas), encarcelamientos en masa, reducción de las libertades civiles y a menudo, aunque no siempre, tortura.

LA TORTURA COMO METÁFORA

De Chile a Irak, la tortura ha sido el socio silencioso de la cruzada por la libertad de mercado global. Pero la tortura es más que una he­rramienta empleada para imponer reglas no deseadas a una población rebelde. También es una metáfora de la lógica subyacente en la doctri­na del shock.

La tortura, o por utilizar el lenguaje de la CIA, los «interrogatorios coercitivos», es un conjunto de técnicas diseñado para colocar al pri­sionero en un estado de profunda desorientación y shock, con el fin de obligarle a hacer concesiones contra su voluntad. La lógica que anima el método se describe en dos manuales de la CIA que fueron desclasi­ficados a finales de los años noventa. En ellos se explica que la forma adecuada para quebrar «las fuentes que se resisten a cooperar» consiste en crear una ruptura violenta entre los prisioneros y su capacidad para explicarse y entender el mundo que les rodea.36 Primero, se priva de cualquier alimentación de los sentidos (con capuchas, tapones para los oídos, cadenas y aislamiento total), luego el cuerpo es bombardeado con una estimulación arrolladora (luces estroboscópicas, música a toda potencia, palizas y descargas eléctricas). En esta etapa, se «prepara el terreno» y el objetivo es provocar una especie de huracán mental: los prisioneros caen en un estado de regresión y de terror tal que no pue­den pensar racionalmente ni proteger sus intereses. En ese estado de shock, la mayoría de los prisioneros entregan a sus interrogadores todo lo que éstos desean: información, confesiones de culpabilidad, la re­nuncia a sus anteriores creencias. Uno de los manuales de la CIA ofre­ce una explicación particularmente sucinta: «Se produce un intervalo, que puede ser extremadamente breve, de animación suspendida, una especie de shock o parálisis psicológica. Esto se debe a una experiencia traumática o subtraumática que hace estallar, por así decirlo, el mundo que al individuo le es familiar, así como su propia imagen dentro de ese mundo. Los interrogadores experimentados saben reconocer ese mo­mento de ruptura y saben también que en ese intervalo la fuente se mostrará más abierta a las sugerencias, y es más probable que coopere, que durante la etapa anterior al shock».37

La doctrina del shock reproduce este proceso paso a paso, en su in­tento de lograr a escala masiva lo que la tortura obtiene de un indivi­duo en la sala de interrogatorios. El ejemplo más claro fue el shock del 11 de septiembre, día en el cual para millones de personas el «mundo que les era familiar» estalló en mil pedazos, y dio paso a un período de profunda desorientación y regresión que la administración Bush supo explotar con pericia. De repente, nos encontramos viviendo en una es­pecie de Año Cero, en el cual todo lo que sabíamos podía desecharse despectivamente con la etiqueta de «antes del 11-S». Aunque la historia jamás había sido nuestro fuerte, Norteamérica se había convertido en una tabla rasa, una verdadera «página en blanco» sobre la cual se podían «escribir las palabras más nuevas y más hermosas», como Mao le decía a su pueblo.38 Un nuevo ejército de especialistas se materializó rápidamente para escribir nuevas y hermosas palabras sobre el tapiz re­ceptivo de nuestra conciencia postraumática: «choque de civilizacio­nes», grabaron. «Eje del mal», «fascismo islámico», «seguridad nacional». Con el mundo preocupado y absorto por las nuevas y mortíferas guerras culturales, la administración Bush pudo lograr lo que antes del 11 de septiembre apenas había soñado: librar guerras privadas en el ex­tranjero y construir un conglomerado empresarial de seguridad en te­rritorio estadounidense.

Así funciona la doctrina del shock: el desastre original —llámese golpe, ataque terrorista, colapso del mercado, guerra, tsunami o hura­cán— lleva a la población de un país a un estado de shock colectivo. Las bombas, los estallidos de terror, los vientos ululantes preparan el terreno para quebrar la voluntad de las sociedades tanto como la músi­ca a toda potencia y las lluvias de golpes someten a los prisioneros en sus celdas. Como el aterrorizado preso que confiesa los nombres de sus camaradas y reniega de su fe, las sociedades en estado de shock a me­nudo renuncian a valores que de otro modo defenderían con entereza. Jamar Perry y sus compañeros de evacuación en el refugio de Baton Rouge tuvieron que sacrificar los pisos de protección oficial y las es­cuelas públicas. Después del tsunami, los pescadores de Sri Lanka te­nían que abandonar su valiosa tierra frente al mar y cederla a los cons­tructores de hoteles. Los iraquíes, si todo iba según lo planeado, tenían que caer en tal estado de shock que cederían el control de sus reservas petrolíferas, sus compañías estatales, y toda su soberanía nacional al ejército estadounidense y sus bases militares y zonas verdes.

LA GRAN MENTIRA

En el torrente de artículos escritos en el panegírico de Milton Friedman, apenas se mencionó el papel de los sbocks y las crisis que tanto habían contribuido a difundir su modelo económico. En vez de eso, el fallecimiento del economista se convirtió en una ocasión perfec­ta para reescribir la historia oficial: de cómo su propuesta de capitalis­mo radical se había convertido en la ortodoxia del gobierno en prácti­camente todos los rincones del globo. Es un cuento de hadas, libre de toda violencia e imposición que tan íntimamente ligadas van en esta cruzada, y representa el golpe propagandístico más exitoso de las últi­mas tres décadas. El cuento empieza así.

Friedman dedicó su vida a una pacífica lucha de ideas contra los que creían que los gobiernos tienen la responsabilidad de intervenir en el mercado para suavizar su dureza. El estaba convencido de que la historia se había «equivocado de vía» cuando los políticos empezaron a prestar atención a John Maynard Keynes, el arquitecto intelectual del New Deal y del moderno Estado del bienestar.39 El hundimiento del mercado en 1929 había establecido un consenso general: el laissez-faire había fallado y los gobiernos debían intervenir en la economía pa­ra redistribuir la riqueza y fijar un marco de regulación empresarial. Durante esa etapa oscura para el libre mercado, cuando el comunismo conquistaba el Este, y mientras Occidente se entregaba al Estado del bienestar y el nacionalismo económico arraigaba en el Sur poscolonial, Friedman y su mentor, Friedrich Hayek, protegían con suma paciencia la llama del capitalismo en estado puro, sin empañarse por los intentos keynesianos para crear riquezas colectivas que fueran la base de una so­ciedad más justa.

«En mi opinión, el mayor error —escribió Friedman a Pinochet en 1975— consiste en creer que es posible hacer el bien con el dinero de los demás.»40 Pocos escuchaban; la mayoría de la gente insistía en que sus gobiernos podían y debían hacer el bien. Friedman fue descrito por la revista Time en 1969 en términos despectivos: «un duende o un pe­sado», y era reverenciado como profeta de una selecta minoría.41

Por fin, tras décadas exiliado en la jungla intelectual, llegaron los años ochenta y los gobiernos de Margaret Thatcher (que llamó a Fried­man un «luchador por la libertad intelectual») y de Ronald Reagan (que fue visto con un ejemplar de Capitalismo y libertad, el manifiesto de Friedman, durante su campaña presidencial).42 Aquellos líderes po­líticos sí tuvieron el valor de implementar una absoluta liberalización del mercado en el mundo real. Según la historia oficial, después de que Reagan y Thatcher liberaran democrática y pacíficamente sus respecti­vos mercados, la libertad y la prosperidad subsiguientes fueron tan ob­viamente deseables que cuando las dictaduras cayeron una tras otra, desde Manila a Berlín, las masas voceaban para que las reaganomics se instalaran en sus puertas, junto con sus Big Macs.

Cuando la Unión Soviética por fin se derrumbó, la gente del «im­perio del mal» también estaba ansiosa por unirse a la revolución friedmanita, al igual que los comunistas reconvertidos en capitalistas de China. Eso quería decir que no existía ningún obstáculo para construir un verdadero libre mercado global, en el cual las empresas no sólo go­zaran de libertad absoluta en sus países de origen, sino que también pudieran cruzar las fronteras sin burocracias ni impedimentos, desatando la prosperidad allá donde fueran. Existían dos grandes reglas acerca de cómo debían ser las sociedades: había que celebrar eleccio­nes para votar a nuestros políticos, y las economías debían aplicar el modelo de Friedman. Fue, como Francis Fukuyama lo bautizó, «el fin de la historia», «el punto final de la evolución ideológica de la humani­dad».43 La revista Fortune, en su tributo a Friedman, escribió que «na­vegó con la marea de la historia»; se aprobó una resolución en el Con­greso alabándolo como «uno de los defensores más destacados de la libertad en todo el mundo, no sólo en el campo de la economía sino en todos los aspectos»; el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, declaró que el 29 de enero de 2007 sería el Día de Milton Fried­man en todo el estado, y varias ciudades y pueblos imitaron su gesto. Un titular en The Wall Street Journal ofrecía una cápsula de ordenada información: «El hombre de la libertad».44

Este libro es un desafío contra la afirmación más apreciada y esencial de la historia oficial: que el triunfo del capitalismo nace de la libertad, que el libre mercado desregulado va de la mano de la democracia. En lugar de eso, demostraré que esta forma fundamentalista del capitalis­mo ha surgido en un brutal parto cuyas comadronas han sido la violen­cia y la coerción, infligidas en el cuerpo político colectivo así como en innumerables cuerpos individuales. La historia del libre mercado con­temporáneo —el auge del corporativismo, en realidad— ha sido escri­ta con letras de shock.

Hay mucho en juego. La alianza corporativista está cerca de con­quistar su última frontera: los mercados y las economías del petróleo del mundo árabe, hasta ahora cerrados, y sectores de las economías oc­cidentales que llevan tiempo protegidos de la regla de los beneficios, incluyendo la respuesta ante los desastres naturales y los ejércitos. Puesto que ni siquiera se pretende buscar el consenso público para privatizar funciones tan esenciales, ni en el frente doméstico ni en el ex­tranjero, es necesario convocar a los jinetes de la violencia creciente y de catástrofes aún mayores para alcanzar dichos objetivos. Paradójica­mente, como el papel decisivo de los shocks y las crisis ha sido expur­gado tan eficientemente del historial del auge del libre mercado, las tácticas extremas desplegadas en Irak y Nueva Orleans a menudo se ta­chan de prácticas incompetentes o de amiguismo por parte de la Casa Blanca de Bush. En realidad, las hazañas de Bush son una mera punta del icerberg creado, una diminuta porción de una campaña monstruo­samente violenta que lleva en pie de guerra cincuenta años para lograr la absoluta liberalización del mercado.

Cualquier intento de responsabilizar a determinadas ideologías por los crímenes cometidos por sus seguidores debe plantearse con absolu­ta prudencia. Es demasiado fácil afirmar que la gente con la que no es­tamos de acuerdo no sólo se equivoca, sino que también son tiranos, fascistas y genocidas. Pero también es cierto que algunas ideologías constituyen un peligro para la sociedad, y que deben ser identificadas como tales. Me refiero a las doctrinas fundamentalistas y reconcentra­das, incapaces de coexistir con otros sistemas de creencias. Sus segui­dores deploran la diversidad y exigen mano libre para poner en marcha su sistema perfecto. El mundo tal y como es debe ser destruido, para que su pura visión pueda crecer y desarrollarse debidamente. Arraiga­da en las fantasías bíblicas de grandes inundaciones y fuegos místicos, esta lógica lleva ineludiblemente a la violencia. Las ideologías peligro­sas son las que ansían esa tabla rasa imposible, que sólo puede alcan­zarse mediante algún tipo de cataclismo.

Generalmente, los sistemas que claman por la eliminación de pue­blos y culturas enteros con el fin de satisfacer una visión pura del mun­do son aquellos que profesan una extrema religiosidad y que propug­nan la segregación racial. Pero desde el colapso de la Unión Soviética, se ha producido un reconocimiento histórico de los grandes crímenes cometidos en nombre del comunismo. Los sótanos de las agencias de información soviéticas han abierto sus puertas a investigadores que se han apresurado a contar el número de muertos en hambrunas, campa­mentos de trabajos forzados y asesinatos. El proceso ha generado un fuerte debate en todo el mundo respecto al papel de la ideología que había detrás de estas atrocidades, y hasta qué punto ésta es responsable de aquéllas, o bien si la distorsión del sistema se debe a que tuvo líde­res como Stalin, Ceaucescu, Mao o Pol Pot.

«Fue el comunismo de carne y hueso el que impuso la represión en masa, que terminó creando un reinado del terror estatal», escribe Stéphane Courtois, coautor del polémico El libro negro del comunismo. «¿Podemos decir que la ideología no tiene la culpa?»45 Por supuesto que no. Pero tampoco se puede deducir que todas las formas de comunismo sean intrínsecamente genocidas, corno se ha dicho con total des­parpajo. Ciertamente fueron interpretaciones doctrinales y dictatoriales de la teoría comunista que despreciaban la pluralidad las que llevaron a las ejecuciones masivas de Stalin y a los campos de reeducación de Mao. La dictadura comunista está, como debe ser, por siempre empa­ñada por esos experimentos en sociedades reales.

¿Y qué hay de la cruzada contemporánea en pro de la libertad de los mercados mundiales? Los golpes de Estado, las guerras y las ma­tanzas que han instaurado y apoyado regímenes afines a las empresas jamás han sido tachados de crímenes capitalistas, sino que en lugar de eso se han considerado frutos del excesivo celo de los dictadores, como sucedió con los frentes abiertos durante la Guerra Fría y la actual guerra contra el terror. Si los adversarios más comprometidos contra el modelo económico corporativista desaparecen sistemáticamente, ya sea en la Argentina de los años setenta o en el Irak de hoy en día, esa labor de supresión se achaca a la guerra sucia contra el comunismo o el te­rrorismo. Prácticamente jamás se alude a la lucha para la instauración del capitalismo en estado puro.

No estoy afirmando que todas las formas de la economía de merca­do son violentas de por sí. Es perfectamente posible poseer una econo­mía de mercado que no exija tamaña brutalidad ni pida un nivel tan prístino de ideología pura. Un mercado libre, con una oferta de pro­ductos determinada, puede coexistir con un sistema de sanidad públi­ca, escolarización para todos y una gran porción de la economía —co­mo por ejemplo una compañía petrolífera nacionalizada— en manos del Estado. También es posible pedirles a las empresas que paguen sueldos decentes, que respeten el derecho de los trabajadores a formar sindicatos, y solicitar a los gobiernos que actúen como agentes de redis­tribución de la riqueza mediante los impuestos y las subvenciones, con el fin de reducir al máximo las agudas desigualdades que caracterizan al Estado corporativista. Los mercados no tienen por qué ser fundamentalistas.

Keynes propuso exactamente esta combinación de economía regu­lada y mixta después de la Gran Depresión, una revolución en las polí­ticas públicas que dio lugar al New Deal y a transformaciones parecidas en todo el mundo. Era exactamente el sistema de compromisos, equili­brios y controles que la contrarrevolución de Friedman se dispuso a desmantelar metódicamente en todo el mundo. Bajo este prisma, la Es­cuela de Chicago y su modelo de capitalismo tienen algo en común con otras ideologías peligrosas: el deseo básico por alcanzar una pureza ideal, una tabla rasa sobre la que construir una sociedad modélica y re­creada para la ocasión.

Esta ansia por los poderes casi divinos de una creación total expli­ca precisamente la razón por la que los ideólogos del libre mercado se sienten tan atraídos por las crisis y las catástrofes. La realidad no apo­calíptica no es muy hospitalaria para con sus ambiciones, sencillamen­te. Durante más de treinta y cinco años, el motor de la contrarrevolu­ción de Friedman ha sido la singular atracción hacia un tipo de libertad de maniobra y posibilidades que sólo se da en situaciones de cambio cataclísmico. Cuando las personas, con sus tozudas costumbres e insis­tentes demandas, estallan en mil pedazos; momentos en los que la de­mocracia parece una imposibilidad práctica.

Los creyentes de la doctrina del shock están convencidos de que solamente una gran ruptura —como una inundación, una guerra o un ataque terrorista— puede generar el tipo de tapiz en blanco, limpio y amplio que ansían. En esos períodos maleables, cuando no tenemos un norte psicológico y estamos físicamente exiliados de nuestros hogares, los artistas de lo real sumergen sus manos en la materia dócil y dan principio a su labor de remodelación del mundo.

Notas

1. Bud Edney, «Appendix A: Thoughts on Rapid Dominance», en Harlan K. Ullman y James P. Wade, Shock and Awe: Achieving Rapid Dominance, Washington, D.C., NDU Press Book, 1996, pág. 110.

2.John Harwood, «Washington Wire: A Special Weekly Report from The Wall Street Journal's Capital Bureau», Wall Street Journal, 9 de septiembre de 2005.

3. Gary Rivlin, «A Mogul Who Would Rebuild New Orleans», New York Times. 29 de septiembre de 2005.

4. «The Promise of Vouchers», Wall Street Journal, 5 de diciembre de 2005.

5.Ibídem.

6. Milton Friedman, Capitalism and Freedom (1962), reimpr. Chicago, University of Chicago Press, 1982, pág. 1 (trad. cast.: Capitalismo y libertad, Madrid, Rialp, 1966).

7. Entrevista con Joe DeRose, United Teachers of New Orleans, 18 de septiembre de 2006; Michael Kunzelman, «Post-Katrina, Educators, Students Embrace Charter Schools», Associated Press, 17 de abril de 2007.

8. Steve Ritea, «N.O. Teachers Union Loses Its Force in Storm's Wake», Ttmes-Picayune (Nueva Orleans), 6 de marzo de 2006.

9. Susan Saulny, «U.S. Gives Charter Schools a Big Push in New Orleans», New York Times, 13 de junio de 2006; Veronique de Rugy y Kathryn G. Newmark, «Hope after Katrina?», Education Next, 1 de octubre de 2006, .

10.«Educational Land Grab», Rethinking Schools, otoño de 2006.

11.Milton Friedman, Inflation: Causes and Consequences, Nueva York, Asia Publishing House, 1963, pág. 1.

12.Friedman, Capitalism and Freedom, op. cit., pág. IX.

13.Milton Friedman y Rose Friedman, Tyranny of the Status Quo, San Diego Harcourt Brace Jovanovich, 1984, pág. 3.

14.Milton Friedman y Rose D. Friedman, Two Lucky People: Memoirs, Chicago, University of Chicago Press, 1998, pág. 592.

15.Eduardo Galeano, Days and Nights of Love and War, trad. de Judith Brister, Nueva York, Monthly Review Press, 1983, pág. 130 (ed. original: Días y noches de amor y de guerra (1978), Madrid, Alianza, 1998).

16.Ullman y Wade, Shock and Awe, op. cit., pág. XXVIII.

17.Thomas Crampton, «Iraq Official Warns on Fast Economic Shift», International Herald Tribune (París), 14 de octubre de 2003.

18.Alison Rice, Post-Tsunami Tourism and Reconstruction: A Second Disaster? Londres, Tourism Concern, octubre de 2005, .

19.Nicholas Powers, «The Ground below Zero», Indypendent, 31 de agosto de 2006, .

20.Neil King Jr. y Yochi J. Dreazen, «Amid Chaos in Iraq, Tiny Security Firm Found Opportunity», Wall Street Journal, 13 de agosto de 2004.

21.Eric Eckholm, «U.S. Contractor Found Guilty of $3 Million Fraud in Iraq», New York Times, 10 de marzo de 2006.

22.Davison L. Budhoo, Enough Is Enough: Dear Mr. Camdessus... Open Letter of Resignation to the Managing Director of the International Monetary Fund, Nueva York, New Horizons Press, 1990, pág. 102.

23.Michael Lewis, «The World's Biggest Going-Out-of-Business Sale», The New York Times Magazine, 31 de mayo de 1998.

24.Bob Sipchen, «Are Public Schools Worth the Effort?», Los Angeles Times. 3 de julio de 2006.

25.Paul Tough, David Frum, William Kristol et al., «A Revolution or Business as Usual?: A Harper's Forum», Harper's, marzo de 1995.

26.Rachel Monahan y Elena Herrero Beaumont, «Big Time Security», Forbes, 3 de agosto de 2006; Gary Stoller, «Homeland Security Generates Multibillion Dollar Business», USA Today, 10 de septiembre de 2006.

27.Evan Ratliff, «Fear, Inc.», Wired, diciembre de 2005.

28.Veronique de Rugy, American Enterprise Institute, «Facts and Figures about Homeland Security Spending», 14 de diciembre de 2006, .

29.Bryan Bender, «Economists Say Cost of War Could Top $2 Trillion», Boston Globe, 8 de enero de 2006.

30.Thomas L. Friedman, «Big Mac I», New York Times, 8 de diciembre de 1996.

31.Steve Quinn, «Halliburton's 3Q Earnings Hit $611M», Associated Press, 22 de octubre de 2006.

32.Steven R. Hurst, «October Deadliest Month Ever in Iraq», Associated Press, 22 de noviembre de 2006.

33.James Glanz y Floyd Norris, «Report Says Iraq Contractor Is Hiding Data from U.S.», New York Times, 28 de octubre de 2006.

34.Wency Leung, «Success Through Disaster: B.C.-Made Wood Houses Hold Great Potential for Disaster Relief», Vancouver Sun, 15 de mayo de 2006.

35.Joseph B. Treaster, «Earnings for Insurers Are Soaring», New York Times, 14 de octubre de 2006.

36.Central Intelligence Agency, Kubark Counterintelligence Interrogation, julio de 1963, págs. 1 y 101. El manual desclasificado está íntegro en .

37.Ibídem, pág. 66.

38.Mao Tse-Tung, «Introducing a Cooperative», Peking Review, vol. 1, n° 15, 10 de junio de 1958, pág. 6.

39.Friedman y Friedman, Two Lucky People, pág. 594.

40.Ibídem.

41.«The Rising Risk of Recession», Time, 19 de diciembre de 1969.

42.George Jones, «Thatcher Praises Friedman, Her Freedom Fighter», Daily Telegraph (Londres), 17 de noviembre de 2006; Friedman y Friedman, Two Lucky People, op. cit., págs. 388-389.

43.Francis Fukuyama, «The End of History?», The National Interest, verano de 1989.

44.Justin Fox, «The Curious Capitalist», Fortune, 16 de noviembre de 2006; Cámara de Representantes, 109° Congreso, 2a sesión, «H. Res. 1089: Honoring the Life of Milton Friedman», 6 de diciembre de 2006; Jon Ortiz, «State to Honor Friedman», Sacramento Bee, 24 de enero de 2007; Thomas Sowell, «Freedom Man», Wall Street Journal, 18 de noviembre de 2006.

45.Stéphane Courtois y otros, The Black Book of Communism: Crimes, Terror, Repression, trad. de Jonathan Murphy y Mark Kramer, Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 1999, pág. 2 (trad. cast.: El libro negro del comunismo, Pozuelo de Alarcón, Espasa-Calpe, 1998).