viernes, 22 de febrero de 2008

AMBICIONES IMPERIALES- LIBRO COMPLETO- Capítulo 3





Chomsky, Noam.

Ambiciones Imperiales.

Ediciones Península, Barcelona, 2005.

Capítulo 3, pp. 47-65.

3

CAMBIO DE RÉGIMEN

CAMBRIDGE, MASSACHUSETTS (11 DE SEPTIEMBRE DE 2003)

La expresión «cambio de régimen» es nueva en el vocabulario, pero Estados Unidos tiene mucha experiencia en lo que significa. Este año se cumplen varios aniversarios. Hoy es el trigésimo aniversario del golpe de Estado en Chile, que contó con el respaldo de Estados Unidos. El 25 de octubre de 2003 se cumplirá el vigésimo aniversario de la invasión estadounidense de Granada. Pero estoy pensando concretamente en el cambio de régimen iraní de hace cincuenta años, de agosto de 1953, que derrocó la democracia parlamentaria conservadora gobernada por Mohammed Mossadegh y restauró al sha, que gobernó durante los siguientes veinticinco años.

Lo que pasó con Irán fue que un gobierno parlamentario nacionalista conservador estaba intentando recuperar el control de los recursos de su país, que hasta entonces habían estado en manos de una compañía británica, la Anglo-Persian, que después pasó a llamarme Anglo-Iranian. Esta empresa había firmado unos contratos con 1os dirigentes de Irán que eran pura extorsión y un robo: a los iraníes no les daban nada, mientras que los británicos se iban al banco más contentos que unas pascuas.

Desde hacía tiempo Mossadegh venía criticando esta subordinación a la política imperialista. Y una serie de revueltas populares empujaron al sha a nombrarlo primer ministro. Mossadegh nacionalizó la industria, lo cual tenía todo el sentido del mundo. Y los británicos se pusieron hechos unas furias. De ningún modo querían llegar a los compromisos que habían aceptado las empresas petrolíferas estadounidenses en Arabia Saudí. Ellos querían seguir robando a los iraníes sin ninguna cortapisa. Y eso provocó una revuelta popular inmensa en apoyo de la nacionalización.

Irán contaba con una larga tradición democrática que incluía elementos como el maijlis, el Parlamento. Y el sha no podía eliminarlo. Al final, un golpe de Estado orquestado conjuntamente por Reino Unido y Estados Unidos logró derrocar a Mossadegh y restaurar al sha en el poder, iniciando así veinticinco años de terror, atrocidades y violencia, que desembocaron en la revolución de 1979 y en la expulsión del sha.

Casualmente, uno de los efectos del golpe de Estado de 1953 fue que Estados Unidos se hizo con el 40 por 100 aproximadamente de la participación británica en el petróleo iraní. Este no era el objetivo de aquella acción –simplemente, sucedió como parte del devenir normal de los acontecimientos–, pero fue uno de los pasos de la sustitución general del poder británico por el poder de Estados Unidos en la región y, de hecho, en todo el mundo. El New York Times publicó un editorial en el que alababa el golpe de Estado, y decía: «Ahora los países sub-desarrollados que poseen ricos recursos naturales han podido aprender la lección del alto coste que ha tenido que pagar uno de ellos al perder la chaveta por culpa del nacionalismo fanático».1 Los Mossadeghs del mundo deberían andarse con ojo antes de intentar algo como recuperar el control de sus propios recursos naturales, los cuales, por supuesto, son nuestros, no suyos.

Pero tienes bastante razón en lo que decías. El cambio de régimen es una política normal. Si echamos la vista atrás, veremos que en los tiempos de Kennedy y Johnson todos andaban como locos queriendo cambiar el régimen cubano. De puertas adentro, la razón que esgrimían los servicios de inteligencia estadounidenses era que la existencia misma del régimen de Castro representaba «un auténtico desafío lanzado a Estados Unidos, una negación de toda nuestra política hemisférica de casi siglo y medio de vida», es decir, de la Doctrina Monroe.2 Así pues, hay que derrocar el régimen cubano mediante una campaña de terrorismo a gran escala y de guerra económica. Esta campaña terrorista casi lleva al mundo a una guerra nuclear definitiva. A punto estuvimos.

Justo después de la Primera Guerra Mundial, Reino Unido sustituyó a Turquía en el gobierno de Irak. Ocupó el país y, como reza una crónica, se enfrentó «desde el primer momento a la agitación antiimperialista». «Se propagó por todo el territorio» una revuelta. Los británicos consideraron que lo mejor era formar un gobierno con «fachada árabe», como dijo lord Curzon –el ministro de Asuntos E’xteriores–, «que gobernase y administrase el país bajo supervisión británica, encabezado por un iraquí musulmán y, en lo posible, integrado por árabes».3 Pasado el tiempo, es lo misma que está ocurriendo hoy en Irak, con un consejo de gobierno integrado por veinticinco personas nombradas por el virrey estadounidense, L. Paul Bremer III.

En aquel momento lord Curzon fue muy sincero. Irak tenía que contar con una fachada árabe. El Gobierno británico debía quedar oculto tras el «velo» de «figuras constitucionales ficticias tales como el protectorado, la esfera de influencia, el Estado tapón y cosas así».4 Así fue como Reino Unido administró toda la región; todo su imperio, de hecho. La cuestión es tener Estados independientes pero con gobiernos débiles que tengan que depender del poder imperial para sobrevivir. Ya pueden despellejar a la población si les da la gana, que no pasa nada. Pero, eso sí, tienen que mostrar una fachada tras la cual pueda gobernar el auténtico poder. En esto consiste el imperialismo común.

Hay ejemplos de sobra. La ocupación actual de Irak es uno de ellos. En mayo, justo después del nombramiento de Bremer, salió en el New York Times un organigrama genial.5 Lamentablemente, no aparece en la versión electrónica de archivo, así que no te queda más remedio que verlo en el ejemplar impreso o buscarlo en los microfilmes. Se trata del típico organigrama; tiene unos diecisiete cuadros. En el de más arriba está Paul Bremer, que responde ante el Pentágono. De Bremer salen unas líneas hacia abajo, hacia las casillas ocupadas por varios generales y diplomáticos, todos ellos estadounidenses o británicos, con el cargo en negrita. De ahí se baja a la parte inferior, donde está el decimoséptimo recuadro, la mitad de grande que todos los demás, sin ninguna leyenda en negrita ni ningún indicativo de cargo. Este recuadro dice «Asesores iraquíes». Esto expresa la idea subyacente... Esta es la fachada. A lord Curzon le habría parecido lo más normal del mundo.

De todos modos, tengo que decir que la ocupación no está siendo un éxito, cosa que me deja pasmado, porque para fracasar en semejante empresa hace falta tener verdadero talento. Que se sepa, las ocupaciones militares funcionan en casi todos los casos. En el extremo del espectro de brutalidad tenemos a los nazis de la Europa ocupada, que apenas tuvieron problemas para dirigir los designios de los países que tenían bajo control. Cada Estado ocupado contaba con su correspondiente fachada de colaboradores, que se encargaban de mantener el orden y de tener controlada a la población. Si a los nazis no los hubiese aplastado una apabullante fuerza exterior, no habrían tenido ningún problema para seguir adelante con el gobierno de la Europa ocupada. Los rusos, que también dieron muestras de una brutalidad extrema, gobernaron Europa del Este con toda facilidad a través de gabinetes-fachada.

El caso de Irak es inusitadamente simple. He aquí un país diezmado por los diez años que estuvo sometido a unas sanciones mortíferas, que acabaron con la vida de cientos de miles de personas y lo dejaron totalmente destrozado, devastado por varias guerras y gobernado por un tirano brutal. En semejantes circunstancias, y sin que la resistencia cuente con apoyo del exterior, es casi inconcebible que pueda fracasar una ocupación militar. Imagino que si reunimos a un par de personas aquí, en esta planta del Massachusetts Institute of Technology, probablemente podríamos averiguar lo que hay que hacer para tener corriente; pues bien, la ocupación estadounidense ha sido incapaz. La ocupación de Irak ha sido un fracaso asombroso. Sorprendentemente, el plan inicial de la Administración, reflejado en el organigrama que te decía antes, parece como si no fuese a funcionar. Por eso ahora tanta gente se está echando atrás y habla de que las Naciones Unidas tendrían que intervenir y asumir parte del coste. A mí me parece asombroso. Yo pensé que sería pan comido.

Jawaharlal Nehru, uno de los líderes de la oposición al mandato británico en la India, comentó que la ideología del Gobierno británico en la India «era la propia del Herrenvolk, es decir, la Raza Dominante», idea «inherente al imperialismo». «Los que estaban en el poder proclamaban con un lenguaje inequívoco» estas ideas racistas y «el indio como individuo era objeto de insultos, humillaciones y desprecio».6 ¿Es «inherente» el racismo al imperialismo?

Hay que recordar que Nehru era un anglófilo. Pero hasta para él, que formaba parte de la clase alta de la elite india y era bastante británico en su forma de comportarse y en su estilo personal, la humillación y la degradación eran difíciles de aguantar. Nehru tiene razón. El racismo es inherente a los regímenes imperialistas; casi es un elemento invariable. Y me parece que entenderás enseguida la psicología que hay detrás. Si le estás pisando el cuello a alguien con la bota, no puedes decir simplemente: «Lo hago porque soy un bruto». Tienes que decir: «Lo hago porque se lo merecen. Es por su bien. Por eso tengo que hacerlo». Ellos son «niños malos» a los que hay que meter en vereda.7 A los filipinos se los describía así también. Y esto mismo es lo que lleva años pasando en los territorios palestinos ocupados. Uno de los peores aspectos de la ocupación israelí ha sido la humillación y la degradación a que han sometido a los palestinos una y otra vez. Es inherente a toda relación de dominación.

¿Qué peso tiene la búsqueda de recursos?

Ese es un factor muy presente en toda dominación, pero no siempre es el único. Por ejemplo, Reino Unido no pretendía controlar Palestina por sus recursos naturales, sino por su situación geoestratégica. En la ambición de dominio y control intervienen muchos factores, pero sin duda la búsqueda de recursos es uno muy habitual. Pensemos en la conquista estadounidense de Texas y de la mitad, aproximadamente, del territorio de México hace 150 años. Por lo general, no se la suele tildar de guerra por los recursos naturales de un país, pero en realidad lo fue, No tienes más que echar un vistazo a lo que estaban haciendo los demócratas jacksonianos, como James K. Polk y otros políticos de la época. Estaban intentando hacer exactamente lo mismo de lo que se acusó de estar intentando hacer a Sadam Husein en 1990 cuando invadió Kuwait: hacerse con el monopolio de uno de los principales recursos energéticos del mundo. La diferencia es que hace 150 años se trataba del algodón y lo decían sin tapujos. El algodón servía de combustible para la Revolución Industrial exactamente del mismo modo que hoy el petróleo lo es para el mundo industrializado. Uno de los objetivos que se perseguía al conquistar esos territorios, sobre todo el de Texas, fue asegurar a Estados Unidos el monopolio del algodón y someter a Gran Bretaña a nuestros deseos, ya que nosotros controlaríamos el recurso del que ellos dependían para sobrevivir. Reino Unido era la primera potencia industrial del mundo, y Estados Unidos era en aquel entonces una potencia industrial menor. Además, recuerda que Reino Unido era el gran enemigo del momento, una poderosa fuerza que estaba impidiendo la expansión estadounidense hacia el norte, por Canadá, y hacia el sur, por Cuba. Así pues, se trató de una guerra por el control de unos recursos energéticos, en su sentido más profundo, si bien hubo otros factores en juego. No es un caso infrecuente. Por ejemplo, la conquista israelí de la Ribera Occidental responde, en parte, a su deseo de apoderarse de las reservas de agua, cosa que Israel necesita, pero hay muchas otras razones.

¿Por qué Estados Unidos atacó Irak, que no suponía ninguna amenaza, y no Corea del Norte, que cuenta con un programa militar y nuclear mucho más desarrollado?

Irak estaba totalmente indefenso, mientras que Corea del Norte disponía de un elemento disuasorio. Este elemento disuasorio no es su armamento nuclear, sino la artillería que tiene concentrada en la Zona Desmilitarizada, apuntando a Seúl, la capital de Corea del Sur, y hacia tal vez decenas de miles de soldados americanos desplazados a la frontera. Mientras el Pentágono no encuentre la manera de eliminar esa artillería con armas de precisión, Corea del Norte seguirá contando con un elemento de disuasión. Irak no tenía nada. La Administración Bush sabía perfectamente que Irak estaba indefenso. Seguramente, en el momento de la invasión conocían el lugar exacto del territorio iraquí donde podría haber escondida alguna navaja.

Aun así, Corea representa una de las grandes preocupaciones de Estados Unidos, en gran medida debido a que forma parte del Nordeste Asiático, que es la región económica más dinámica de todo el mundo. El Nordeste Asiático cuenta con dos grandes países industrializados –Japón y Corea del Sur–, y con China, que está transformándose en una sociedad industrializada. Posee unos recursos inmensos. Siberia tiene toda clase de recursos, como petróleo, entre otros. En total, los países que integran el Nordeste Asiático tienen casi un tercio del producto interior bruto de todo el mundo, mucho más grande que el de Estados Unidos, y casi la mitad de las divisas del planeta. Es una región con enormes recursos financieros. Y está creciendo a toda velocidad, mucho más deprisa que cualquier otra región, contando a Estados Unidos.8 Aumenta el comercio interior de la zona y, a la vez, está llegando a los países del Sudeste Asiático, que en ocasiones reciben el nombre de ASEAN+3: los países que integran la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, más China, Japón y Corea del Sur. Parte de los conductos que se están construyendo desde los centros de recursos hacia los centros industriales irían, naturalmente, a Corea del Sur, lo cual quiere decir que atravesarían Corea del Norte. Y si se amplía el trazado del Transiberiano, como seguramente se está planeando, probablemente pasará lo mismo: cruzará Corea del Norte y llegará a Corea del Sur. Así pues, Corea del Norte ocupa una posición bastante interesante desde el punto de vista estratégico en la región.

Estados Unidos no está especialmente contento con la integración económica del Nordeste Asiático, del mismo modo, más o menos, que siempre se ha mostrado ambiguo en relación con la integración europea, Esta ha sido siempre un elemento de preocupación. Gran parte de las políticas que se han diseñado desde la Segunda Guerra Mundial hasta el momento presente reflejan la preocupación de que Europa pueda tomar un camino independiente, de que pueda convertirse en lo que antes se denominaba una «tercera fuerza». De hecho, en gran medida ese es el objetivo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Hoy la situación del Nordeste Asiático está planteando los mismos temas. Por tanto, ahora el mundo cuenta con tres grandes centros económicos: América del Norte, el Nordeste Asiático y Europa. En un aspecto, el aspecto militar, Estados Unidos ocupa un capítulo aparte. Pero no en todos los demás.

Zbigniew Brzezinski, el asesor de seguridad nacional de Jimmy Carter, sostiene que «los tres imperativos principales de la geoestrategia imperialista [estadounidense] son: evitar confabulaciones entre los vasallos y mantener su dependencia en materia de seguridad; conseguir que los Estados tributarios sigan acomodándose a nuestros designios y sigan protegidos, y evitar que los bárbaros se junten».9

Es bastante sincero... y correcto, en esencia. Habría complacido a lord Curzon. Esto, en la teoría de las relaciones internacionales, se denomina «realismo». Se trata de impedir que se agrupen otras potencias para oponerse al poder hegemónico. Si expertos en relaciones internacionales como Samuel Huntington y Robert Jervis, ambos de corte conservador, criticaron tanto la política estadounidense se debió, en parte, a que observaron que estaba generando una situación en la cual muchos países estaban empezando a ver a Estados Unidos como un «Estado canalla», una amenaza para su existencia, y podrían coaligarse para luchar contra la hegemonía estadounidense. Esto sucedió en los años de Clinton, antes de la Estrategia de Seguridad Nacional de la Administración Bush.

En un ensayo publicado en 1919, titulado La sociología de los imperialismos, el economista austriaco Joseph Schumpeter escribió:

No había ni un solo rincón del planeta en el que no se dijese que no había algún interés en peligro o bajo ataque ya. Si los intereses no eran romanos, entonces eran de los aliados de Roma; y si Roma no tenía aliados, entonces se inventaban. Cuando resultaba totalmente imposible inventarse esos intereses, entonces se decía que se había insultado el honor de la nación. La contienda se rodeaba siempre de un aura de legalidad. Roma siempre se decía atacada por vecinos malvados, siempre decía estar luchando para poder respirar. El mundo entero estaba plagado de enemigos y, evidentemente, el deber de Roma era protegerse de sus designios, sin duda agresivos.10

Monthly Review citó este párrafo en uno de sus últimos números, en un editorial referido a la Estrategia de Seguridad Nacional de Bush, precisamente por lo pertinente que resulta.11 No tienes más que sustituir Roma por Washington. En estos tiempos, uno de los típicos argumentos que se alega para ir a la guerra es la necesidad de «mantener la credibilidad». En algunos casos es la credibilidad, y no los recursos energéticos, lo que está en juego. Pongamos el ejemplo del bombardeo de Serbia de 1999, también durante el mandato de Clinton. ¿Qué se perseguía con ello? La explicación típica dice que Estados Unidos intervino para evitar la limpieza étnica, pero para que algo así tenga sentido habría que invertir la cronología. Nadie duda de que la peor oleada de limpieza étnica tuvo lugar después del bombardeo; es más, fue la consecuencia que era de esperar. Por tanto, es imposible que fuese el motivo del bombardeo. ¿Cuál fue, entonces? Si se analiza detenidamente, hay que recordar que Clinton y Blair dijeron en aquel momento –y ahora se admite, retrospectivamente– que el objeto del bombardeo fue el mantenimiento de la credibilidad. Dejar bien clarito quién es el que manda. Serbia estaba poniendo en duda las órdenes del jefe, y eso es algo que no se puede tolerar. Igual que Irak, Serbia estaba indefensa, así que no había ningún riesgo que correr. De hecho, puedes proclamar a los cuatro vientos que interviniste solo por motivos humanitarios.

Cualquiera que vea programas de televisión sobre la mafia tiene que estar familiarizado con este tipo de razonamiento. El capo tiene que cerciorarse de que todos sepan que él es el jefe. Que a nadie se le ocurra llevarle la contraria. Si manda a un par de matones a hacer papilla a alguien, no es porque quiera apoderarse de sus recursos, sino porque el tipo le ha plantado cara. El desafío que Castro planteó con éxito a Estados Unidos hizo necesarios una serie de actos de terrorismo cuyo objetivo era cambiar el régimen cubano. Al señor no lo desafía nadie, y eso lo tiene que entender todo el mundo. Si se extiende el rumor de que se le puede desafiar sin que pase nada, el señor estará en un aprieto.

El historiador William Appleman Williams dice en su libro Empire as a Way of Life: «Simplemente, a los estadounidenses del siglo XX les gustaba el imperio por las mismas razones por las que sus antepasados de los siglos XVIII y XIX lo habían visto con buenos ojos. Porque les brindaba oportunidades renovables, riqueza y otras ventajas y satisfacciones, como, por ejemplo, la sensación psicológica de bienestar y poder».12 ¿Qué opinas de este análisis?

Las observaciones de Williams son correctas en parte, pero recuerda que Estados Unidos no era un imperio al estilo europeo. Los colonizadores ingleses que vinieron a Estados Unidos no crearon una fachada con la población nativa, tras la cual ellos pudiesen gobernar, como hicieron los británicos en la India. Aquí aniquilaron prácticamente a la población nativa; la palabra que emplean los Padres Fundadores es «exterminio». Esto se consideraba algo perfectamente válido. Estados Unidos fue antes una especie de Estado de colonos que un Estado imperial.

Las expansiones territoriales siguientes, al menos hasta la Segunda Guerra Mundial, siguieron más o menos este mismo esquema. Pensemos en México, gran parte del cual nos anexionamos en la década de 1840, o en Hawai, del que nos apoderamos por la fuerza y con engaños en 1898. En ambos casos no se colonizó a la población nativa, sino que esta fue reemplazada en su mayor parte, aunque, como en ocasiones anteriores, no del todo. Ahí siguen viviendo los indígenas, pero sometidos, esencialmente.

Además, si te fijas en los imperios tradicionales, como el británico, por ejemplo, no está tan claro que la población británica ganase algo con ello. Se trata de una cuestión muy complicada de estudiar, pero se han hecho un par de intentos. Y la conclusión general, si puede decirse así, es que los costes y los beneficios quedaron bastante equilibrados. Los imperios cuestan mucho dinero. Gobernar Irak no es barato. Alguien tiene que pagar. Alguien tiene que pagar a las empresas que destrozaron Irak y a las empresas que lo están reconstruyendo. En los dos casos, quien está pagando es el contribuyente estadounidense. Es el obsequio de los contribuyentes estadounidenses a las empresas estadounidenses.

No entiendo. ¿Cómo contribuyeron empresas como Halliburton y Bechtel a la destrucción de Irak?

¿Quién paga a Halliburton y a Bechtel? El contribuyente estadounidense. Estos mismos contribuyentes financiaron el sistema militar-empresarial de fabricantes de armas y de empresas de tecnología que bombardeó Irak. Así pues, primero destruyes Irak y después lo reconstruyes. Se trata de dinero que pasa de la población general a sectores reducidos de dicha población. Hasta el famoso Plan Marshall, en el fondo, consistió en lo mismo. Hoy se habla de él como un acto de benevolencia inimaginable. Pero ¿de la benevolencia de quién? De la benevolencia del contribuyente estadounidense. De los trece mil millones de dólares que supuso la ayuda del Plan Marshall, aproximadamente dos mil millones fueron a parar directamente a las empresas petrolíferas estadounidenses.13 Aquello formó parte del intento de sacar a Europa de una economía basada en el carbón para hacerla depender del petróleo, y que los países europeos pasasen a depender más de Estados Unidos. Europa tenía grandes reservas de carbón y nada de petróleo. Ahí se fueron dos mil de los trece mil millones. Si te fijas en el resto de la ayuda, verás que muy poco de aquel dinero salió de Estados Unidos. Simplemente pasó de un bolsillo a otro. La ayuda del Plan Marshall a Francia sirvió para cubrir el coste de los esfuerzos franceses por reconquistar Indochina. Por tanto, el contribuyente estadounidense no reconstruyó Francia, sino que pagó a los franceses para que pudiesen comprar armas americanas con las que aplastar a los indochinos. Y pagó a Holanda para que esta pudiese acabar con el movimiento independentista de Indonesia.

Volviendo al Imperio Británico, lo que el pueblo recibió equivalió aproximadamente a lo que tuvo que pagar por él, pero a los tipos que dirigían la East India Company el imperio les proporcionó unas riquezas inmensas. Para los soldados británicos que estaban muriendo en la selva, en algún rincón del país, el coste fue elevadísimo. En gran medida, así es como funcionan los imperios. La guerra interna entre clases es un elemento significativo de todo imperio.

Resulta relativamente fácil medir el coste en vidas, en la cantidad de soldados muertos y en la cantidad de dinero que se gasta. ¿Cómo se mide la degradación moral, o cómo se habla siquiera de ella?

Es imposible medirla, pero ahí está y es muy importante. Y en parte explica por qué un sistema imperialista o cualquier sistema de dominación, hasta una familia patriarcal, cuenta siempre con la tapadera de la benevolencia. Volvemos al asunto del racismo. ¿Por qué dar la imagen de estar haciéndolo en beneficio del pueblo al que estás aplastando? Bien, porque de lo contrario te tienes que enfrentar con la degradación moral. Si somos sinceros, tendremos que reconocer que muchas veces las relaciones humanas son así. Y los sistemas imperialistas, casi siempre. Cuesta encontrar un sistema imperialista en el que la clase intelectual no alabe su propia benevolencia. Mientras Hitler desmembraba Checoslovaquia, lo acompañó una maravillosa retórica que hablaba de llevar la paz a los grupos étnicos que atravesaban conflictos, de asegurarse de que todos pudiesen vivir felices bajo la benigna supervisión alemana.

Realmente, hay que hacer un esfuerzo tremendo para dar con una excepción. Y, por supuesto, también es cierto en el caso de Estados Unidos.

Tradicionalmente, si uno utilizaba la palabra «imperialismo» y le unía el adjetivo «americano», se le ponía en ridículo y se le tachaba de pertenecer a alguna agrupación de la izquierda más radical. Sin embargo, en los últimos años ya no es exactamente así. Por ejemplo, Michael Ignatieff, director del Centro Carr del Kennedy School of Government, de Harvard, escribió en un reportaje de la New York Times Magazine que «el imperio americano no se asemeja a los imperios de tiempos pasados, que se basaban en la acumulación de colonias, en la conquista y en la carga del hombre blanco. [...] El imperium del siglo XXI es una invención nueva para los anales de ciencia política, un imperio descafeinado, una hegemonía global que se apoya en los mercados libres, los derechos humanos y la democracia, impuestos por la potencia militar más asombrosa que el mundo haya conocido».14

Por supuesto, los apologetas de cualquier potencia imperialista han dicho siempre eso mismo. Así, puedes retroceder hasta John Stuart Mill, uno de los intelectuales más destacados del mundo occidental. Mill defendía el Imperio Británico en términos muy parecidos. Fue autor de un ensayo clásico sobre la intervención humanitaria.15 Todo el mundo lo estudia en las facultades de Derecho. Él decía que Gran Bretaña era única en el mundo, que no se parece a ningún otro país de la historia. Que otros países tienen motivos burdos para tratar de obtener ventajas y demás, pero que los británicos solo actúan en beneficio de los demás. De hecho, dice Mill, nuestros motivos son tan puros que los europeos no son capaces de entendernos. Nos cubren de «vilipendios» y tratan de buscar motivos zafios tras nuestros benévolos actos, cuando lo único que nosotros hacemos es beneficiar a los nativos, a los bárbaros. Nosotros queremos llevarles mercados libres y gobiernos honrados y libertad y toda clase de cosas maravillosas. Me sorprende que Ignatieff no se haya dado cuenta de que está repitiendo una retórica de lo más conocida.

El momento en que Mill escribió sus obras es importante. Escribió este ensayo hacia 1859, justo después de un acontecimiento que en la terminología británica se denomina «el motín indio», en referencia al hecho de que aquellos bárbaros osaran levantar la cabeza. Los indios se rebelaron contra el Gobierno británico y este los aplastó con una violencia y con una brutalidad extremas. Sin duda, Mill estuvo al corriente de los acontecimientos. Salieron en todos los periódicos. Conservadores de la antigua escuela, como Richard Cobden, condenaron sin ambages la represión británica del motín, de modo muy similar a como el senador Robert Byrd condena hoy la invasión de Irak. Los auténticos conservadores son diferentes de los que se llaman conservadores a sí mismos. Aun así, en plena represión de la rebelión, Mill escribió sobre Gran Bretaña como si de un poder angelical se tratase.

Y la gente se cree estas explicaciones. Si echas un vistazo a la documentación interna, verás que a menudo los dirigentes políticos se comunican entre sí exactamente igual que como hablan en público. Por ejemplo, ahora están saliendo a la luz muchos documentos de los archivos soviéticos; básicamente, los están vendiendo al mejor postor, como todo lo demás. Pues bien, si te fijas en los debates de los años cuarenta, justo después de la Segunda Guerra Mundial, verás que Andrei Gromiko y otros dirigentes soviéticos debatían sobre el deber de intervenir para proteger la democracia frente a las fuerzas del fascismo, que estaban por todas partes. Estoy seguro de que Gromiko creía tanto en lo que decía, como Ignatieff en lo que él dice.

En otro artículo de New York Times Magazine, Ignatieff escribió: «Unas normas nuevas para los casos de intervención, propuestas y respetadas por Estados Unidos, pondrían fin al bulo de que el Estado canalla es Estados Unidos y no sus enemigos». Tú tienes un libro titulado Rogue States [‘Estados canallas’].16 ¿Estados Unidos es un Estado canalla?

En realidad tomé el título de una expresión empleada por Samuel Huntington, que escribió en Foreign Affairs, la principal publicación del establishment, que en muchos lugares del mundo se ve a Estados Unidos como una «superpotencia canalla» y como «la mayor amenaza externa para su sociedad».17 Huntington estaba criticando las políticas de la Administración Clinton que estaban llevando a otros países a crear coaliciones contra Estados Unidos. Si definimos «Estado canalla» en términos de algún principio, como la violación del Derecho Internacional o la agresión o atrocidades o violaciones de los derechos humanos, Estados Unidos entraría, sin duda, en esa categoría, como cabría esperar del Estado más poderoso del mundo. Exactamente igual que Reino Unido en su momento. O que Francia. Y los intelectuales de cada uno de esos imperios escribieron el mismo tipo de patrañas que las que has citado de Ignatieff. Por tanto, cuando el ministro de Guerra francés decía que iban a tener que exterminar a los argelinos, era que Francia estaba llevando a cabo una «misión de civilización». Hasta los nazis usaban esta retórica. Y si desciendes hasta las profundidades más absolutas de la depravación, encontrarás este mismo tipo de sentimiento. Cuando los fascistas japoneses estaban conquistando China y llevando a cabo atrocidades como la Masacre de Nanking, la retórica que los acompañaba te haría emocionarte: Estaban creando un «paraíso en la Tierra», en el que los pueblos de Asia podrían trabajar codo con codo; Japón los protegería de los «bandidos» comunistas y se sacrificaría por ellos, para que gozasen de paz y prosperidad.18 Una vez más, me extraña que a ningún editor del New York Times ni a un distinguido catedrático de Harvard les parezca un poco raro estar repitiendo sin más lo que dijeron una y otra vez los peores monstruos de la historia. ¿Por qué ahora iba a ser diferente?

Por cierto, date cuenta de que una de las grandes ventajas de ser un intelectual respetable es que nunca necesitas aportar pruebas para demostrar lo que dices. Echa un vistazo a esos artículos y trata de encontrar alguna prueba que corrobore las conclusiones a las que llegan. En el colmo de la respetabilidad, tienes que entender que es ligeramente absurdo pedir siquiera pruebas que respalden sus alabanzas a los poderosos. Se trata de algo automático. Porque, claro está, todos ellos son magníficos. Quizá en el pasado cometiesen algún error, pero ahora son magníficos. Y buscar pruebas que lo demuestren es como buscar pruebas que demuestren las verdades aritméticas. Es como si escribieras que dos más dos son cuatro, y luego alguien dijese: «¿Y las pruebas que lo demuestran?». Por eso, nunca se aporta ninguna.

El socialista italiano Antonio Gramsci escribió: «Uno de los principales obstáculos para el cambio es la reproducción, por parte de las fuerzas dominadas, de los elementos de la ideología hegemónica. Desarrollar interpretaciones alternativas de la realidad es una tarea importante y urgente».19 ¿Cómo desarrolla uno «interpretaciones alternativas de la realidad»?

Siento un profundo respeto por Gramsci, pero creo que se puede parafrasear ese comentario, a saber: decir simplemente la verdad. En lugar de repetir el fanatismo ideológico, desmantelarlo, intentar hallar la verdad y decir la verdad. Cualquiera de nosotros lo puede hacer. Recuerda que los intelectuales están acostumbrados a creer que tienen que presentar las cosas de una manera complicada. Si no, ¿para qué los queremos? Pero merece la pena preguntarse qué es realmente lo que parece tan complicado. Sin querer desmerecer las palabras del admirable Gramsci, cojamos esa frase y tratemos de traducirla simplemente a nuestro idioma. ¿Tan complicado es entender la verdad y saber cómo hay que actuar?

NOTAS

1. Editorial del New York Times del 6 de agosto de 1954.

2. State Department Policy Planning Council (Consejo de Planificación de Políticas del Departamento de Estado), 1964. Citado en Piero Gleijeses, Conflicting Missions (University of North Carolina Press, 2002), p. 26.

3. The Research Unit for Political Economy, Monthly Review 55, nº 1 (mayo de 2003).
4. William Stivers, Supremacy and Oil (Cornell University Press, 1982), pp.28-29; Stivers; America’s Confrontation with Revolutionary Change in the Middle East (St. Martin’s Press, 1986), pp. 20 y ss.

5. Gráfico que acompaña el artículo de James Dao y Eric Schmitt, New York Times, 7 de mayo de 2003.

6. Jawaharlal Nehru, The Discovery of India (Asia Publishing House, 1961), p. 236. Para conocer otros puntos de vista, véase Noam Chomsky, Towards a New Cold War (New Press, 2003), p. 228.

7. Palabras del ministro del Interior Woodrow Wilson, citadas en Gordon Connell-Smith, The Inter-American System (Oxford University Press, 1966), p. 16.

8. Selig Harrison et al., Turning Point in Korea (Informe del Equipo de Estudio de las Políticas Estadounidenses relativas a Corea) (Center for International Policy / The Center for East Asian Studies, Universidad de Chicago, 1 de marzo de 2003).

9. Zbigniew Brzezinski, The Grand Chessboard (Basic Books, 1998), p. 40.

10. Joseph Schumpeter, Imperialismo y clases sociales, publicado en español por Editorial Tecnos, 1986, en traducción de Vicente Girbau.

11. Editorial de Monthly Review 54, nº 7 (diciembre de 2002).

12. William A. Williams, Empire as a Way of Life (Oxford University Press, 1982).

13. Para ahondar en el tema, véase Noam Chomsky, Deterring Democracy, edición ampliada (Hill and Wang, 1992), pp. 47-49.

14. Michael Ignatieff, New York Times Magazine, 5 de enero de 2003. Véase también Ignatieff, New York Times, 28 de julio de 2002; e Ignatieff, Empire Lite (Penguin, 2003).

15. John Stuart Mill, «A Few Words on Non-Intervention» (1859), en Mill, Collected Works, vol. 21 (University of Toronto Press, 1984), pp. 109-124.

16. Michael Ignatieff, New York Times Magazine, 7 de septiembre de 2003. Véase también Noam Chomsky, Rogue States (South End Press, 2000).

17. Samuel Huntington, Foreign Affairs 78, nº 2 (marzo-abril de 1999).

18. «Japan Envisions a “New Order” in Asia, 1938», reimpreso en Dennis Merrill y Thomas G. Paterson, editores, Major Problems in American Foreign Relations, vol. 2 (Houhgton Mifflin, 2000). Véase también Noam Chomsky, American Power and the New Mandarins (Pantheon, 1969).

19. Antonio Gramsci, citado por Vicente Navarro, The Politics of Health Policy (Blackwell, 1994), p. 1.